Caleidoscopio histórico de la SEPTG

Recuerdos, Olvidos, y Reminiscencias, o la SEPTG y “sus viejas historias”

por Juan Campos i Avillar

A un “psiquiatra olvidado” …

el Prof. Emilio Mira y López

(1896-1964)

Se me ha invitado a esta mesa a título de Archivero Honorario de la Asociación Internacional de Psicoterapia de Grupo (IAGP) y como estudioso de la historia de la SEPTG y otras asociaciones grupales a nivel nacional e internacional. Se me pide en concreto que aporte alguna información sobre los precursores de la SEPTG y sobre la prehistoria de las terapias de grupo en España. Quiero aclarar que mi conocimiento del panorama nacional no es tan amplio como el que se refiere a Cataluña o incluso a nivel internacional. Espero que mi aportación sirva para impulsar el diálogo y la investigación histórica in vivo que con los protagonistas y pioneros de esa historia aquí presentes nos proponemos llevar a cabo y para complementar de esta manera las lagunas que me supone vivir más allá del Ebro. Fuera de gran ayuda que el estímulo generado por esta mesa contribuya a desenterrar algunos documentos que andan perdidos entre vuestros archivos y a desenpolvar algunos recuerdos ya casi borrados en vuestra memoria. Precursor, según el Molina, se dice de algo que tiene su completo desarrollo posteriormente, y por prehistoria, se lee en el mismo lugar, se entiende más bien la época de la vida de la humanidad, –o de un grupo, diría yo– de la que no existen documentos o testigos directos. En el Webster’s, en cambio, el vocablo prehistoria se aplica también “al trasfondo de los incidentes que llevan a un suceso o a una crisis”.

La SEPTG cuenta, si bien aún inédita, con una Historia Comentada de sus primeros once años. Allí se lee:”…los primeros datos escritos que tenemos sobre algún grupo de personas que pensaran en crear una asociación de este tipo aparecen en una carta que caminó de Barcelona a Madrid el 30 de abril de 1972, en donde se habla de que en la comisión promotora de la Sociedad quedaban fuera personas que habían asistido a la “reunión de Zaragoza” de hace dos años”. Es esta la primera noticia que tenemos al respecto y parece que la comisión promotora es la cristalización de este grupo. La Comisión Promotora estuvo compuesta por 17 personas de las que tres no se incorporaron a la Sociedad…”Este es el primer documento escrito del que disponemos para escribir la historia de la SEPTG y la “reunión de Zaragoza” a la que se refiere sería el precursor más inmediato de su fundación, del momento del “nacimiento del grupo” –e.d. el que sigue al desarrollo de su función grupal independiente, como diría Glover. Pero, hay que tener en cuenta que la fundación de la SEPTG no es más que un suceso dentro de la historia de las psicoterapias de grupo en España y la de éstas, a su vez reflejo de lo que a este respecto estaba sucediendo en el resto del mundo. A buen seguro que debe haber más documentos. La reunión de Zaragoza de la que surgió una comisión promotora no nació de un vacío y seguro de que, aparte de Joan Palet y de mi mismo, algún testigo vivo queda de aquel suceso. El mismo Glover, refiriéndose al estudio de las fases pioneras de los grupos psicoanalíticos se sorprende por la gran similitud que existe entre la biografía de un individuo y la vida de estos grupos científicos. “Durante sus fases tempranas de desarrollo –dice Glover– dichos grupos reproducen aquellos estadios propios del desarrollo individual en la medida que distintas introyecciones e identificaciones moldean su aparato mental y determinan la expansión o, alternativamente, retracción (la progresión o la regresión) de sus actividades subsiguientes. Este aspecto estructural –comenta Glover– viene reforzado por un factor dinámico, concretamente, el conflicto desencadenado por el contenido ideológico que dichos grupos de manera ostensible tratan de sostener y promover. Que duda cabe –dice– que el historiador social puede contentarse para expresar esto con afirmar que la vida de un grupo científico implica el estudio de sus líderes y la parte que cada uno de ellos jugó en avanzar (o retrasar) ciertos objetivos científicos o teorías. Pero por más expeditivo que resulte este enfoque, tiende a sobrestimar el liderazgo individual a expensas de las interacciones grupales específicas, particularmente aquellas interacciones inconscientes que afectan al crecimiento de cualquier sociedad.” Consciente de este peligro procuraré poner tanto énfasis en las organizaciones que hayan podido influir en el actual desarrollo de nuestras psicoterapias de grupo como en los personajes que contribuyeron a que esa gesta fuera posible.

Si nos ponemos a pensar en precursores lejanos, podemos llegar a nuestros ancestros. Sigmund Freud, en la presentación que hace en 1904 ante el Wiener Medizinsches Doktorenkollegium de “Acerca de la psicoterapia”, justifica el dedicarse a estos bajos menesteres aduciendo que al fin y al cabo la psicoterapia no es en absoluto un método moderno de tratamiento sino, por el contrario, es la más antigua forma de terapia en Medicina. Lo que Freud olvidó de decir es que la más antigua forma de terapia en Medicina no es la psicoterapia individual de la que él iba a hablar sino la psicoterapia de grupo. Éste es el modo de terapia que han venido practicando todos los chamanes del mundo en las tribus primitivas. Éste es el tipo de terapia que practicaban los “médicos sacerdotes” en el templo de Esculapio. Los “médicos laicos”, los después llamados físicos, se limitaban a dar masajes, aplicar ungüentos o administrar pócimas. Eran los “médicos sacerdotes”, nuestros predecesores en la medicina psicológica, los que dirigían los cánticos, los que animaban los grupos donde sanaban los enfermos.

Si no queremos ir tan lejos, nos bastará con retroceder un poco menos de dos siglos y nos encontraremos en Paris en 1784 con el doctor vienés Mesmer poco antes de la Revolución Francesa, con su distinguida y rica clientela en las chambres de crises alrededor del baquet. A Mesmer se le recuerda por lo del magnetismo animal, pero hay dos cuestiones en su haber que todo el mundo olvida: que fue el primero en practicar psicoterapias de grupo y el primero en organizar una asociación de psicoterapeutas, la así llamada Societé de l’Harmonie. Las psicoterapias de grupo no eran las mismas para los ricos que para los pobres. Las de los primeros se ejercían alrededor del baquet, una cuba de un pie y medio de altura que se encontraba en el centro de la habitación y alrededor de la cual cabían cerca de veinte personas. La cuba tenía unos agujeros de la que salían unas barras de hierro dobladas a distintos niveles y que se podían aplicar los enfermos en el lugar que les dolía. Pero, aparte de esto, había una cuerda que unía el baquet a uno de los pacientes, y a partir de éste se pasaba a otro hasta completar el círculo. Los pobres recibían una especie de terapia al aire libre alrededor de un árbol magnetizado. La Societé fue fundada en 1872. Durante unas vacaciones basadas en un balneario con dos de sus más fieles seguidores, Mesmer recibió el mensaje de que uno de éstos, pretendiendo reemplazarle en Paris, había iniciado una práctica de magnetismo animal. Mesmer se sintió muy condolido por esta traición y estaba convencido de que, habiéndole robado el secreto, acabaría robándole también la clientela. Entonces, al abogado Bergasse y al financiero Kornmann se les ocurrió un plan para resolverlo: organizarían una suscripción para levantar una fuerte suma de dinero a fin de comprar a Mesmer su descubrimiento. A los suscriptores se les daría la posesión del “secreto” y se organizarían en una sociedad que educaría sus estudiantes y difundiría las enseñanzas de Mesmer. El proyecto fue un gran éxito y, a pesar de las enormes sumas de dinero que pedían, se encontraron los socios. Entre ellos estaban los más ilustres nombres de la ciudad y de la corte procedentes de familias aristócratas como Noailles, Montesquieu, el Marquis de Lafayette, magistrados, abogados, y médicos. Esta extraña mezcla de empresa de negocio, escuela privada y logia masónica, se lanzó y floreció, brotando sucursales de la misma en muchas ciudades francesas. Dos años después en 1784, el Rey montó una comisión investigadora de miembros de la Academia de Ciencias, de la Academia de Medicina y la Sociedad Real, en la que figuraban los más prestigiosos científicos del momento, quienes aplicaron el método experimental para investigar las teorías del magnetismo animal predicado por Mesmer. La conclusión de la comisión fue que si bien era posible que el método de Mesmer tuviera efectos terapéuticos, lo que quedaba demostrado es que no había evidencia alguna del “fluido magnético” que él había descubierto. Una sentencia parecida a la que Ernest Jones conseguiría en Inglaterra para el psicoanálisis en 1929 de la Royal Medical Comission.

El más distinguido de los seguidores de Mesmer fue Amand-Marie-Jacques de Chastenet, Marquis de Puységur, un oficial de artillería que había participado en el cerco de Gibraltar y las campañas de Rusia, y que dividiría su tiempo entre su vida militar y su castillo en Buzancy cerca de Soissons. Como muchos de sus contemporáneos aristócratas mantenía un cabinet de physique donde hacía experimentos de electricidad. Escéptico de Mesmer al principio, se convirtió al magnetismo y empezó a prodigar tratamientos individuales y colectivos en su hacienda. Uno de sus campesinos, Victor Race, era capaz de entrar en una suave forma de trance que no conllevaba una crisis, pero le permitía diagnosticar su propia enfermedad y prever el pronóstico y recetar su tratamiento. Puységur fue capaz de reproducir este tipo de crisis perfecta y de autocura magnética en otros pacientes. El número de pacientes creció tanto que pronto tuvieron que organizarse tratamientos colectivos. En la plaza pública de Buzancy, rodeada de casas con tejados de paja y árboles no lejos de su mayestático castillo, en el centro de la plaza, solitario, había un olmo a cuyo pie surgía una fuente de aguas cristalinas. Los campesinos se sentaban alrededor del árbol en bancos de piedra que lo rodeaban, se hacían colgar cuerdas de las ramas del árbol y de alrededor del tronco, y los pacientes se tocaban con la cuerda las partes enfermas. La operación comenzó con los pacientes formando una cadena, manteniéndose juntos por los dedos pulgares y empezaban a sentir como el fluido circulaba entre ellos. Después de un rato, el terapeuta ordenaba que se rompiera la cadena y los pacientes se frotaban las manos. Tocaba entonces con una barra de hierro a algunos de ellos y tenían la perfecta crisis. Los sujetos, después de ésto llamados médicos, diagnosticaban enfermedades y prescribían tratamientos. Para desencantarlos –algo parecido al de-roling en psicodrama y técnicas de roles– les hacía besar el árbol, después de lo cual despertaban de su sueño magnético y no recordaban de lo que había pasado. En menos de un mes, sesenta-y-dos de los trescientos pacientes que se habían sometido al tratamiento se habían curado de alguna enfermedad. En 1785, Puységur fue destinado a Estrasburgo donde la logia masónica local le pidió que enseñara a sus miembros los principios del magnetismo animal. En Estrasburgo fundó la Societé Harmonique des Amis Réunis cuyo propósito era entrenar magnetizadores y establecer centros de tratamiento magnético. Para 1789, la Societé contaba con más de 200 miembros, incluida la elite de la aristocracia alsaciana, quienes se comprometían a dar sus tratamientos gratuitamente, a escribir informes detallados de todas sus experiencias, y someter éstas a la Sociedad. Bajo los auspicios de la Sociedad se establecieron numerosos centros de tratamiento por todo Alsacia. La actividad de la Sociedad alsaciana es de particular interés porque, contrariamente a los centros franceses, publicó informes anuales con la lista de las curas acompañadas por breves historias clínicas que incluían el nombre del terapeuta y del paciente y la naturaleza de la enfermedad. Parece ser que dejaron de mencionarse los tratamientos colectivos o cualquier otra forma de baquet o árbol magnetizado. Seguramente, las consideraciones teóricas jugaron un rol secundario en las actividades de la Sociedad. Estas dos primeras dos agrupaciones profesionales de psicoterapeutas representan los dos modelos extremos hacia las que han ido tendiendo las asociaciones posteriores.

Como precursores no tan lejanos a la fundación de la SEPTG no puedo menos que pensar en ciertos sucesos que tuvieron lugar hace casi ya 75 años muy cerca del lugar desde donde estoy escribiendo ésto. Me refiero a la asamblea constitutiva de la Sociedad Española de Neuropsiquiatras en el Manicomio de Nueva Belén el 29 y 30 de diciembre de 1924 y la creación de una Liga de Higiene Mental que tendría lugar dos años después en la primera reunión de aquella sociedad. Así quedaba materializada la idea de constituir una asociación que sirviera de base a una futura liga española de higiene mental. Sin embargo, para hacerlo posible, sería necesario crear”una agrupación de todos los que, con una u otra tendencia, ejercían las distintas ramas de la especialidad”. Fueron Emilio Mira y Rodríguez Arias quienes iban a captar en el momento justo tal necesidad.” Aparte de las resonancias que esta frase pueda traer con la formulación original del artículo sobre objeto y fines de la SEPTG –”agrupar a todos los especialistas interesados para favorecer el intercambio de puntos de vista y experiencias”–dos son las razones que me llevan a rememorar este momento: la primera, porque con la constitución de la A.E.N. quedaba asentado el puente entre el grupo madrileño y el grupo catalán de psiquiatras de la generación del 18, cosa que la SEPTG haría con los especialistas de grupo surgidos después de la Guerra Civil; la segunda, porque la Asociación que hasta 1936 iría siempre unida a la Liga, aseguraba que quedaran también unidos médicos y profanos. La diferencia entre una y otra organización estaba en que mientras la primera tenía un cometido principalmente científico, la segunda –cuyo primer presidente fue Ramón y Cajal, y Mira lo sería en 1935– tenía una función social, encargándose de la aplicación de normas profilácticas y de mantener una adecuada labor de propaganda.

Mira pertenece a una generación de hombres que creía que mediante la ciencia se podía conseguir un cambio social, idea que mantendría hasta el final de sus días. Esta idea, creo, no es ajena al entramado de la matriz grupal de la SEPTG. No es sólo por razones históricas o prehistóricas que mento a Mira, sino por la esperanza de futuro que nos brinda. La última de sus conferencias, dictada el 29 de noviembre de 1963 en la Universidad de Cuyo, Mendoza, su testamento científico por así decir, termina de este modo:”Si con todo esto les sugiero tema para unos cuantos comentarios, discusiones y ocuparse un poco del futuro, me consideraré satisfecho. Porque nos sobra historia, nos sobran tradiciones, nos sobran gestas repetidas en la escuela cada día, de los héroes de no sé hace cuantos siglos. Pero nos falta previsión, nos falta otear el futuro; y, es justamente esa la facultad humana, la de poder proyectarse hacia el tiempo que no ha venido, hacia lo que no ha acontecido… Si, como estoy diciendo, de resultas de eso, alguien que está leyendo la historia, avanza en esa misma historia y en vez de situarse en el siglo XIII, o XIV o XV, trata de situarse en el siglo XXI, yo me daré por muy satisfecho, como ya lo estoy con la atención con que he sido seguido…”

Esta es la razón por la que traigo aquí a Mira. El fue, entre otras cosas, quien en el mismo 1926 con su Monografía “El Psicoanálisis” sometía a Freud al banco de pruebas del laboratorio y, puesto a hacer, tal como hizo Freud, analiza allí sus propios sueños. Con ocasión del 50 aniversario de la muerte de Freud, escribí un ensayo en el que, siguiendo la interpretación que Mira hace del “Sueño de la Inyección de Irma”de Freud –”de que se trata de un sueño que podríamos llamar profesional, mediante el cual Freud obtiene una satisfacción de sus deseos reivindicativos de su orgullo profesional malparado”– yo a mi vez interpretaba un sueño de Mira incluido en la Monografía –el “Sueño del loco atado” como yo lo llamo– como presagio de las vejaciones a que se verá sometido por los psiquiatras franquistas, una vez que pasara al exilio. La campaña de desprestigio internacional, acusando a Mira de haber participado en la planificación de las “checas” que le siguió al exilio, tenía el doble objeto de asegurarse que la España nacionalista no siguiera representada por él en organismos internacionales, y de evitar que volviera y recobrar a su cátedra. En junio de 1972, al poco de la fundación de la SEPTG, la Cátedra de Psiquiatría y Psicología Médica de la Universidad de Barcelona dedicó a Mira un primer homenaje en desagravio, que se publicaría en el número inaugural de la Revista del Departamento de Psiquiatría un año después. En 1991 fue la Sección de Psiquiatras del Colegio de Médicos la que ofreció un acto de reparación al que asistió el propio Profesor Sarró, que aparece en el sueño de Mira que yo interpretaba. Fue así como empecé a familiarizarme con la vida y obra de Mira y a intentar reparar un mal que yo no había causado.El interés por el psicoanálisis, siempre con una visión ecléctica y crítica, Mira lo mantuvo hasta el final de sus días. Lo que yo no sabía entonces, era que nuestro Freud catalán resultara asimismo el Monturiol y el La Cierva de las psicoterapias de grupo, y de las comunidades terapéuticas. La SEPTG, qué duda cabe, fue la primera organización social que para el desarrollo de terapias de grupo surge en España. Lo que se pretendía con esta fundación en 1972 era como ya dije “agrupar a todos los especialistas interesados en las Técnicas de Grupo….” Naturalmente, ya no se podía convocar al fallecido Mira, pero tampoco se convocó a Francesc Tosquelles, el más fiel de sus discípulos y padre de la Psicoterapie Institutionelle, quien desde 1968 había empezado a supervisar regularmente la transformación grupal del Pere Mata de Reus y a asesorar esporádicamente al Hospital de Oviedo.

Mira es bien conocido por su Manual de Psiquiatría de 1935 –del que hay cuatro ediciones en castellano y otras tantas en portugués– y no tanto por su Manual de Psicoterapia de 1941 donde quedan recogidas las clases del Curso sobre Psicoterapia que dictó en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Es en este libro donde acabo de descubrir la aportación de Mira a las terapias de grupo. Dado su interés y la dificultad de encontrar este texto, me permitiré a continuación citarlo ampliamente.

En este Manual se encuentran dos referencias a psicoterapias de grupo. En su capítulo décimo y bajo el epígrafe “Posibilidades de la Psicoterapia Colectiva o de Grupo” se lee: “Esta forma de tratamiento de individuos en grupo que Schilder de manera sistemática venía ensayando en aquel entonces en su consulta del Bellevue Hospital de Nueva York, y que había sido entrevista y utilizada con anterioridad por varios autores, entre los que se incluye el de este Manual…” Lo sorprendente, en el caso de que no se trate de una falsa memoria, es que si Mira practicaba psicoterapia de grupo ya a inicios de los años 30 en su sanatorio médico de reposo de Buenavista en Sant Just, ello le convierte en uno de los pioneros a nivel mundial, anticipándose de esta forma incluso al propio Moreno y a Slavson. El único que le habría precedido sería Trigant Burrow, quien para aquel entonces estaba a punto de ser expulsado de la API y, además, estaba en contra de que su descubrimiento, el Grupo Análisis, fuera considerada como una psicoterapia de grupo. Para Mira, la importancia de éstas “radica no tanto en el ahorro de tiempo –que permite al psicoterapeuta extender su acción a un número mucho mayor de enfermos, y de dinero –ya que el precio de la consulta desciende considerablemente– como en el aumento de la eficacia curativa… (mi subrayado) Ésta se consigue, dice él, por extenderse el número de los estímulos iatrógenos –representado por los ex-enfermos curados– y vencerse el recelo o desconfianza inicial del enfermo con mayor rapidez –al verse acompañado de personas de idéntica situación, a la vez que por evitarse el peligro de la ‘contratransferencia’.” Mira daba por descontado que este tipo de terapias debería ir precedido por visitas individuales, aprovechando la ocasión para hacer llenar al paciente cuestionarios como el del Dr. M. Barilari (1937) que él había adaptado al castellano, y para obtener del paciente un relato autobiográfico. Entiende las sesiones de grupo como una especie de “seminario psicoterapéutico” en las que el enfermo oye exponer problemas muy similares a los suyos y toma parte en la discusión conjunta, “bajo la guía mental del psicoterapeuta.” De ahí deriva una vinculación “libre” con algunos de los asistentes más afines y, también, la adquisición de puntos de vista objetivos e impersonales que pueden aplicarse a su caso particular. Las referencias que Mira cita son todas de segunda mano y, sin embargo, las psicoterapias de grupo que él impone en su sanatorio a principios de los años treinta están totalmente a la par con las que están experimentando en aquellos momentos en Nueva York Luis Wender en el Hastings Hillside Hospital con enfermos neuróticos graves y Paul Schilder con el análisis de las ideologías con psicóticos internados en el Bellevue Hospital. Una vez más, este adelantado a sus tiempos que fue siempre Emilio Mira, al igual que hizo con el psicoanálisis de Freud y el análisis psicológico de Jung, somete estas nuevas terapias al banco de prueba del laboratorio. Desgraciadamente, la represión institucional de la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis impidió a Mira leer a Trigant Burrow que había seguido su mismo camino desde los años veinte. De haberlo hecho, a buen seguro el pensamiento de ambos habría entrado en resonancia ya que el de Mira es más afín al de Burrow que al de ningún otro de quienes le siguieron. En el Buenavista, Mira dice que “disfrazaba” las terapias de grupo cual si se tratara de “conferencias de higiene mental”, que eran en realidad, como decía él, “sesiones psicoterapéuticas disimuladas”, ya que bajo la apariencia de una exposición didáctica genérica se desarrollaban en ella los puntos de vista más eficientes para la comprensión y el tratamiento de los problemas mentales concretos y precisos de sus oyentes. Se trataba de terapias combinadas y –comenta Mira– las sesiones bi-personales mantenidas con los pacientes respecto a tales lecciones le habían convencido de su enorme eficacia incluso para el tratamiento de síndromes paranoides y construcciones interpretativas bien sistematizadas. Termina diciendo, “…que, dada la desproporción que siempre existirá entre el número –excesivamente escaso– de psicoterapeutas efectivos y el contingente enorme de sujetos que requieren su acción, la Psicoterapia del futuro, sin dejar de ser individual, habrá de inclinarse cada vez más hacia esta modalidad colectiva, tanto más cuanto en ella pueden “vivirse” por el psicoterapeuta ciertos defectos de adaptación que el enfermo no muestra en su relación privada con él.” La posición de Mira es hoy difícil de entender si no se tiene en cuenta que él fue uno de los adelantados de la higiene mental y que de entre las “psicoterapias comprensivas” –entre las que Mira situaba el psicoanálisis– la psicagogia ocupaba un lugar prevalente. Es curioso la observación que Mira se ve obligado a hacer ya en aquellos tiempos: “La única objeción que cabe hacer, pero precisa ser superada, en medios latinoamericanos, es el exceso de individualismo que impera en sanos y enfermos, motivante de una resistencia a exhibir las desnudeces psíquicas por temor al ridículo. Ésto hace que el enfermo a penas consienta en ser sincero con su médico, pero se resista a serlo ante personas desconocidas. No obstante, ello queda compensado por el hecho de que cada actitud es tomada también por quienes le rodean y, por tanto, vuelve a establecerse, a nivel de rango social, en el grupo –ya que todos, en definitiva, están en igual situación.” Hay que destacar que el Manual de Mira está escrito en 1941, cuando en Buenos Aires a penas se acababa de introducir el psicoanálisis, no digamos ya las terapias grupales, que no empezarían hasta principios de los cincuenta. Lo que quizá resulte premonitorio del destino de las terapias de grupo en el mundo de habla hispana, es lo que señala con su alusión al ridículo ya que apunta al ocaso que las terapias grupales de tipo analítico iban a tener en España después de un glorioso amanecer que coincide con el advenimiento de la República.

La segunda referencia de su Manual es, si cabe, todavía más concisa. Viene al final del capítulo XV, el dedicado a Profilaxis o Higiene Mental, Bases de la lucha contra las causas evitables de sufrimiento psíquico y, a lo que el llama, Psicoterapia Social. Aquí de nuevo Mira se anticipa al movimiento de Community Mental Health que no se desarrollará hasta principios de los sesenta en Estados Unidos, durante la era Kennedy. Vale recordar una vez más que Mira había sido uno de los inspiradores de la Liga Española de Higiene Mental proponiendo el proyecto para su creación ya durante la asamblea constitutiva de la Asociación Española de Neuropsiquiatras en 1924. Por su brevedad y riqueza de ideas, vale la pena citemos aquí por completo este texto de Mira:

“Por último, la profilaxis de los sufrimientos mentales ha de enlazarse con las tareas de la denominada Psicoterapia Social, en las que habrán de intervenir además de psiquiatras y psicoterapeutas las organizaciones técnicas de pedagogía, sociología, psicología, economía, y jurisprudencia. No ha de confundirse, en efecto, esa actuación con la denominada Psicoterapia de grupo, que encaramos en el capítul X, ya que ésta ha de centrarse alrededor de los Sanatorios y Clínicas Psiquiátricas, en tanto que aquella ha de ejercerse, disimuladamente, en los diversos ambientes en donde pueden converger las causas del sufrimiento colectivo. Para organizar la primera basta con que lo dispongan así los Jefes de Servicio de los correspondientes centros médicos; en cambio, para efectuar la segunda se requiere una total transformación del Estado y un reajuste de sus relaciones con la Sociedad y con el individuo.

Hoy todavía puede decirse que la tarea ingente de la Psicoterapia social está supeditada a la inspiración y a los intereses de los grupos políticos que controlan la vida nacional, pero es de esperar y desear que en un futuro, más o menos remoto, las condiciones de vida de la Humanidad sean tales que permitan reducir al mínimo los casos de sufrimiento y desadaptación mental, de suerte que cada hombre o mujer se sientan, además de individuos, miembros felices del gran ser (mi subrayado) y, como tales, adquieran la serenidad y trascendencia necesarias para no verse afectados psíquicamente por la enfermedad, ni siquiera por la muerte.

En el logro de tan bello ideal, nuestra ciencia no ha de escatimar esfuerzos y cada uno de sus cultores habrá de poder ser ejemplo vivo del modelo humano que aspire a crear.”

Para Mira los fines de la psicoterapia están en “suprimir el sufrimiento humano” pero esto no era, según él, nada más que un punto de partida, ya que la finalidad última de la psicoterapia es cooperar con otras ciencias en la obra y ayuda de conducción del homo socialis. El “gran ser” al que se refiere Mira, entiendo que equivale al concepto de grupo de Burrow, es decir el de philos, raza humana o humanidad entera. Para él la escisión entre terapia de individuos y terapia de la sociedad no existió como tampoco aceptó la de los encontrados puntos de vista siempre parciales de las distintas escuelas de psicoterapia o de distintas disciplinas. Sin duda, para llegar a estas conclusiones le ayudaron sus experiencias de guerra al final de la que escribe el citado párrafo.

Una de estas experiencias es cuando al principio de la Guerra Civil las monjas del Hospital de San Baudilio fueron evacuadas, y Mira, su director, se encontró de repente que tenía a su cargo 1300 enfermos mentales y sin personal auxiliar para su asistencia en tanto que llegaran los enfermeros militares. No sin cierta sorpresa, comprobó entonces que los pacientes se organizaban espontáneamente para atenderse los unos a los otros. Este fenómeno, al que Mira denominaría “el autogobierno de los enfermos mentales”, constituye un precedente de las comunidades terapéuticas. Desgraciadamente, Mira no pudo transferir personalmente su experiencia de guerra a los ejércitos aliados y de poco sirvieron todas las conferencias y libros que escribió al respecto. Por razones de familia prefirió en su exilio primero afincarse en Argentina y después en Brazil. Las ideas de Mira, sin embargo, se desarrollarían en Europa durante la Segunda Guerra Mundial por el psiquiatra francés H. Baruch, después a través de la terapia institucional de su discípulo catalán, Francesc Tosquelles, en Saint Alban, iniciada en la comunidad terapéutica por él establecida en el Hospital Civil en Almodovar del Campo en el frente de Extremadura. En los años ’60, otro discípulo de Mira, el italiano Fabrizio Napolitani, que había ido a formarse con él al Brazil, desarrollaría otra de las primeras comunidades terapéuticas en el continente europeo, la del sanatorio de Burghölzli en Suiza. Todas estas experiencias han sido “olvidadas” por la literatura mundial y así es como las actividades de grupo llevadas a cabo por Bion y Rickman primero, y después por Harold Bridger, Joshua Bierer, S. H. Foulkes, y Tom Main en el hospital para neuróticos de guerra –conocidas respectivamente como el primero y segundo Experimento Northfield– quedaron consagradas como lugar de nacimiento y cuna de las psicoterapias de grupo y de las comunidades terapéuticas. ¡Así es como se escribe la historia!

En realidad, al explotar la Guerra Civil, aparte del interés por el psicoanálisis de Mira en Barcelona y de Sanchís Banús y Rodríguez Lafora en Madrid, tan sólo dos psiquiatras españoles se había sometido a un entrenamiento formal en psicoanálisis: Ramón Sarró Burbano y Angel Garma –el primero en el Instituto de Psicoanálisis de Viena entre 1925 y 1927 y el segundo en el de Berlín de 1928 a 1931. Sarró hizo su análisis didáctico con una médico, la directora del Instituto, Helene Deutsch, pero nunca llegó a cualificarse como psicoanalista debido a lo insuperable de sus resistencias, y Garma se analizó con Theodor Reik, un laico, un psicólogo, que por su fobia a los médicos desencadenó el proceso por curandero en Viena –en cuya defensa Freud escribe el “Psicoanálisis no-médico”– y acabó emigrando como docente al Instituto de Berlín. A su vuelta a Barcelona, por un corto tiempo Sarró se identificaba con el psicoanálisis. Tosquelles recuerda de aquel entonces una conferencia dada en el Ateneo de Barcelona conjuntamente por Mira y Sarró sobre Sigmund Freud y Viena. “Allí –dice Tosquelles– se mostró muy elogioso diciendo que era el inicio de la vida, de la ciencia, aún cuando dos minutos después ya se escapaba por las cloacas hacia el análisis existencial. Hay que recordar que al año Sarró fue el ponente en el Congreso de Córdoba sobre Heidegger y el Existencialismo en Psiquiatría.” En contraste, Garma se mostró siempre fiel a la doctrina y a la disciplina psicoanalíticas. María Luísa Muñoz, una de sus discípulas piensa que”Garma, consciente de la viciada situación española, … insiste en la importancia del análisis didáctico, considerando la formación autodidacta como insuficiente pare realizar una práctica psicoanalítica y para llegar a comprender la importancia de los mecanismos inconscientes. Critica la utilización ecléctica que los psiquiatras españoles vienen haciendo del psicoanálisis en su teoría v en su práctica. Podemos pensar que Garma intentaba desde antes de su llegada a Madrid presentarse como psicoanalista, diferenciando claramente la formación psiquiátrica de la formación psicoanalítica, postura que mantuvo durante todos los años de su estancia en España, y que le creó importantes tensiones con los medios psiquiátricos”. En 1930, todavía candidato del Instituto de Berlín, publica “Cómo se estudia el psicoanálisis”, artículo que reproducirá en su monografía de 1936. El prólogo de Theodor Reik, su analista didáctico, lee cual mandato evangélico: “Yo ya sé que los conocimientos teóricos del psicoanálisis son bastante conocidos por los psiquiatras y psicólogos de su hermoso país. Pero, sé también que pocos han comprendido que solamente aquel que se somete a un psicoanálisis profundo puede adquirir un conocimiento verdadero de este método psicológico… Era tan grande el interés que Vd. tenía hacia los aspectos psicológicos y psicoterapéuticos de la doctrina de Freud, que no retrocedió ante las molestias y sacrificios que trae consigo un estudio del psicoanálisis en el extranjero. A su vuelta, no se contentó Vd. con aprovechar en la práctica médica la ventaja que proporciona la experiencia de su propio análisis. Ha sentido Vd. la necesidad de hacer profundizar el conocimiento del psicoanálisis en la patria querida, de destruir confusiones que allí se habían creado, y de demostrar a los colegas las posibilidades del método de la psicología profunda… Yo no dudo que sus esfuerzos nacidos de un rectitud interior y de energía intelectual, le conducirán a Vd. a la meta deseada. Esté Vd. confiado y tranquilo. La verdad, finalmente, consigue siempre triunfar… Garma llega a Madrid en noviembre de 1931 y se marcha definitivamente en 1936, en vísperas de la Guerra Civil. En esos escasos cinco años desarrollará una intensa labor. Según Muñoz “comienza su práctica privada como psicoanalista interesándose sobre todo en el análisis didáctico de un futuro grupo de psicoanalistas, entre ellos el Dr. Jerónimo Molina, José Solís y Mariano Bustamante, al mismo tiempo que desarrolla una importante actividad pública encaminada a conocer el psicoanálisis y la importancia de una formación psicoanalítica. En este sentido colabora con los Servicios de Psiquiatría de Sanchís Banús, del Dr. Sacristán, participa en los cursos organizados por el Dr. Rodríguez Lafora y en la cátedra del Dr. Marañón…” De no haber sido por la Guerra Civil, aquella “pequeña Viena” habría terminado seguramente como Concilio Ecuménico de las Iglesias Analíticas, mientras que Madrid más bien como su Vaticano. El no haber acabado la misión que en España le encargó su “maestro querido” se convertiría para Garma en su “asignatura pendiente”, razón que quizás justifique el enorme apoyo que siguió prestando de por vida a la implantación al naciente grupo de psicoanalistas madrileños de posguerra.

Mis hipótesis son las siguientes:

Que el desarrollo de las psicoterapias modernas en España, al igual que en otros países, ha ido estrechamente ligado a la de su institución madre, el psicoanálisis individual, y a las vicisitudes experimentadas por el movimiento psicoanalítico como institución en su intento de convertir un “procedimiento médico” en una “profesión liberal”.

Que para comprender las circunstancias que hicieron posible el nacimiento de la SEPTG a inicios de los 70 es preciso cuanto menos entender el contexto mundial y nacional de las mismas a finales de los años 60.

En el principio era el grupo… o ¿fueron dos los grupos?

Desde siempre he mantenido que las terapias científicas no empiezan hasta que su descubridor no haya conseguido reunir alrededor suyo un grupo de seguidores. En este sentido, por ejemplo, el psicoanálisis no surge en 1899 con la “Interpretación de los sueños” sino cuando en 1902 Freud consigue reunir alrededor suyo aquel pequeño grupo de médicos dispuestos a aprender, enseñar y difundir el psicoanálisis. España, a este respecto, es un Estado bicéfalo como lo fuera el Imperio Austro-Húngaro en tiempos del emperador José, con dos capitales culturales: Barcelona y Madrid. Es lógico, pues, que la semilla sembrada por Mira en Barcelona y por Garma en Madrid no sea la misma y genere, por tanto, grupos de características distintas.

Christian de la Champagne, el agregado cultural de la embajada francesa, un lacanés, en su “El Psicoanálisis en la Península Ibérica” señala como paradójico que para introducir en España las ideas de Lacan hubiera que esperar a la llegada de analistas latino- o lacano-americanos en 1976. “De hecho –como él dice– la paradoja desaparece cuando se tiene en cuenta que entre Europa y ciertos países de América Latina desde el último siglo hubo intensos intercambios culturales, y que las guerras, con su séquito de exilados no hicieron más que estimularlos. A partir de 1936, psicoanalistas españoles como Angel Garma y Emilio Mira y López, se instalaron en Argentina, huyendo del fascismo. Muy pronto, los Argentinos, se interesaron no sólo en las ideas de Freud –tan conocidas en Buenos Aires como en París– sino también por las de Lacan… En años siguientes (al inicio de las enseñanzas de Lacan en Buenos Aires por Masotta y a la fundación allí en 1974 de la Escuela lacaniana de Buenos Aires) la represión llevada a cabo por el régimen militar obliga a los psicoanalistas argentinos a emigrar hacia Europa -al mismo tiempo que España se vuelve más acogedora respecto a ideas llegadas del extranjero.”Está visto, que para el agregado cultural francés la precisión histórica importa menos que el producto cultural que vende, ya sea cultura francesa disfrazada de lacanismo o viceversa. Pero decir que Mira fue psicoanalista o que Garma saliera huyendo del fascismo, me parece, como mínimo, una exageración. La realidad es que el 18 de Julio a Mira le cogió en Zurich en un Congreso. No huyó del fascismo en absoluto, sino que tomó el primer tren y volvió a Barcelona a plantarle cara: luchó primero en retaguardia como director del Instituto de Adaptación Profesional de la Mujer y luego del Departamento de Trabajo y Obras Públicas de la Generalitat de Catalunya. Cuando en 1938 las cosas iban ya mal dadas para el Ejército Republicano en el frente del Ebro, le nombraron Teniente Coronel Jefe de los Servicios Psiquiátricos de la República y como tal responsable del hospital psiquiátrico base de dicho frente. Garma que, en cambio, se encontraba en París al estallar la guerra, no se dio prisa alguna en volver a España. Por el contrario, se quedó tranquilamente en París haciendo psicoanálisis bajo el Gobierno de Vichy hasta que las tropas alemanas ocuparan París. Dichos derroteros muestran que las ideologías de uno y otro eran bien diferents. Mira era un socialista, Garma un psicoanalista. Es cierto que ambos llegaron a Buenos Aires más o menos al mismo tiempo, a fines de la guerra civil o inicios de la mundial, pero con propósitos y en condiciones bien diferentes. Garma llegó allí como miembro de la Sociedad Alemana y dispuesto a fundar. Su tesis, con la que revalidó el título de médico lleva por nombre “El Psico Análisis de los Sueños “, la publica en septiembre del 40. Junto con Celes Cárcamo de la Sociedad de París, María Langer –una analizada de Sterba y candidata expulsada por roja del Instituto de Viena que llegó un poco más tarde después de un corto exilio en Uruguay– y tres analizandos –Enrique Pichón Rivière, Arnaldo Raskovsky y Ferrari Hardoy– fundaron en 1942 la Sociedad Argentina de Psicoanálisis, la más exitosa y próspera de todas las sociedades de la IPA, salvando naturalmente la Norteamericana.

El viaje de Mira a Buenos Aires no fue tan confortable como el de Garma. El sí fue un exilado político. De entrada las autoridades francesas lo confinaron con su familia en un pueblecito cercano a París llamado Lagny sur Sene, tuvo que vivir de prestado y finalmente adoptar su nacionalidad cubana de nacimiento para poder emigrar a Inglaterra. Ya en Londres, el Prof. Myers consiguió una bolsa de estudios como Research Fellow de la British Society for the Protection of Science and Learning, que le permitió continuar en el Maudsley Hospital las investigaciones sobre el test Miokinético que había iniciado durante la Guerra. En el Reino Unido había gran interés en conocer su experiencia psiquiátrica de guerra y seguramente le hubieran incorporado a la British Army, pero su esposa no se sentía con ánimos de seguir viviendo tres años más con sus hijas bajo los bombardeos y las angustias de tener el marido en el frente. El diario bonaerense el Mundo publicó una lista de los exilados españoles en Europa. Esto interesó vivamente a los psiquiatras argentinos que habían montado un sanatorio mental privado en los suburbios del Gran Buenos Aires, el Instituto Médico de Reposo La Chapelle, e invitaron a Mira a dirigirlo. La situación económica de Mira con todo era tan precaria que mientras la familia embarcaba para la Argentina en un viaje que tuvo que costear el gobierno argentino, él partía para Nueva York en un tour de conferencias con que avanzar algún dinero con que empezar en Argentina. Mira se juró, como otros tantos republicanos, no volver a pisar suelo español mientras siguiera bajo Franco… y fue fiel a su promesa. Solo en dos ocasiones estuvo a punto de quebrarla y no por su voluntad: una en Barajas donde por una escala técnica en uno de sus viajes a Europa, tuvo que pasar unas horas. Pero no salió de la sala de pasajeros en tránsito y otra en el puerto de Barcelona dónde hizo escala el buque donde iba de pasajero: él no pisó el muelle. Trabajó y vivió en Argentina, Chile, Uruguay, Venezuela y Brasil, pero nunca pudo volver a España ni influir ya más, por lo menos en persona, en el desarrollo de la psiquiatría y psicología española de posguerra.

Garma, en cambio, sí volvió a España en 1952 para dar unas conferencias en las Facultades de Medicina de Madrid y de Barcelona y avivar el rescoldo del grupo de psicoanalistas que había dejado atrás en Madrid. Volvió en 1955 para el I Congreso Iberoamericano de intercambio médico-psicológico, que dentro de un programa de apoyo al psicoanálisis en España –una especie de Brigadas Internacionales psicoanalíticas– se organizó en Barcelona con colaboración de la Asociación Psicoanalítica Argentina, y en el que participan además de Angel Garma, M. Obadía, D. Liberman, Arnaldo y Matilde Raskovsky, García Vega, L. Grinberg, J. Mon, S. Resnick, E. Rolla, A. Tallaferro, F. Cesio, y García Reinoso. Y, por última vez, en 1990 cuando, ya enfermo, vino a España a recibir La Medalla al Mérito Civil que le concedió el Estado Español por su labor en favor del psicoanálisis que había solicitado la Asociación Psicoanalítica de Madrid, de la que era miembro de honor desde su fundación. Para Garma la implantación del psicoanálisis individual en España era su asignatura pendiente y no cejó hasta pasarla con honores. Lo que no se explica es que con ella no se trajera también el análisis grupal y la psicología social que tanto y tan bien había florecido a su sombra en la Argentina.

Pérez Sánchez, hablando de Barcelona dice: “En el año 1947, algunas personas interesadas en la obra de Freud, inician de un modo autodidacta una serie de reuniones para estudiar el psicoanálisis en su doble vertiente de comprensión teórica y aplicación a la práctica de una psicoterapia orientada analíticamente.” De la Champagne, haciendo referencia al mismo grupo, dice a su vez: “A partir de los inicios de los años 50 un grupo de médicos interesados por la obra de Freud empieza a reunirse en el seno de una “sociedad cultural” bautizada con el nombre de Erasmo, para estudiar textos y discutir cuestiones de clínica.” En realidad, el Grupo Erasmo que se veía obligado a moverse en la clandestinidad –dado que en la España franquista era ilegal reunirse más de tres personas sin autorización del Gobernador– era un grupo cultural subversivo más bien blando, p.e. era convocado por MAGOF, inocente modo de referirse a sus directivos (Miret, Abella, Grañen, Obiols y Folch) que disponía de una pequeña sección –”El Centre d’Estudis Psicoanalític– capitaneada por Otaola y constituida por éste, Grañén, Farrer Puyal, Oliver Brackfield, Miret, Bofill y Folch, que se reunía en los sótanos de la Clínica Barraquer para los propósitos. Éste fue el primer grupo de psicoterapeutas catalanes de posguerra.

Este grupo de terapeutas analíticos empiezan a salir de las catacumbas a la luz pública a partir del Congreso Mundial de Psiquiatría en París en 1950. Los miembros de este grupo, si bien mantuvieron siempre relaciones de amistad, siguieron distintos derroteros. Juan Ramón Otaola y Enrique Grañén –quienes, según entiendo, mantuvieron entre si un proceso de “mutuo análisis” de por vida o de “grupo-análisis en un grupo de a dos”, diría yo– precisamente a inicios de los 50 fundaron el Instituto de Medicina Psicológica. Éste, que yo sepa, es la primera organización analítica en España. “El propósito que guió su constitución –diría Otaola en su editorial del primer número del Boletín Informativo de dicho Instituto en 1959– “fue el de organizar un centro en el que pudiéramos desarrollar en común –tanto para la mayor eficacia de la acción misma como de su valor formativo– actividades propias de la medicina psicológica, orientadas en un sentido rigurosamente científico. Ha sido una condición esencial, para la realización de este fin, el no encarrilarnos dentro de un “sistema” determinado de contenido doctrinal más o menos nutrido de postulados dogmáticos. Nunca hemos podido ver la razón por la cual los hechos de la realidad psíquica no sean susceptibles de ser tratados con el mismo rigor lógico y la misma objetividad que la que se encuentra en cualquier otro campo del conocimiento. En consecuencia, nuestro criterio ha sido desde el primer momento el aceptar toda adquisición de valor positivo para la psicología médica, que pueda mostrar una suficiente garantía de verdad científica, venga de donde viniere, tanto de autores adscritos a una tendencia cualquiera, que siempre respetaremos aunque no podamos compartir, como de los situados dentro de una independencia intelectual que para nosotros constituye la condición más propia de la ciencia.”

Resulta obvio que el discurso de Otaola lo pudiera haber firmado Mira y no me extrañaría que los textos de éste se hubieran discutido tanto como los de Freud en el “Centre d’Estudis Psicoanalític”. No sólo mantuvieron el espíritu de Mira sino que fueron los primeros, después de él, que se preocuparon de las psicoterapias de grupo. Según Enrique Grañén, fue el 2 de junio de 1952 cuando juntos con J. R. Otaola comenzaron el primer grupo psicoterapéutico de tipo heterogéneo y abierto. Poco después empezarían con grupos homogéneos de padres y niños de carácter más bien educativo y de psicohigiene, es decir algo semejante a lo que se hacía en el sanatorio Buenavista de Mira. En estos grupos, a partir de 1966, empezaron a utilizar también el psicodrama.

Uno de los psiquiatras que en 1950 acudió al Congreso de París fue Ramón Sarró, quien acababa de ganar por oposición la Cátedra de Psiquiatría que Mira se había visto forzado a abandonar diez años antes. Según Martí-Tusquets, el interés de la Cátedra de Psiquiatría de Barcelona por las terapias de grupo empieza después de la visita del Profesor Sarró a la Argentina y a los Estados Unidos en 1953. Para aquel entonces, Martí-Tusquets junto con Pere Turó, Buñuel, Murcia, Freixa y Bach habían constituido ya dentro de la Cátedra un Seminario de Psicoterapia y Análisis Existencial. Sarró les animó a formar grupos con los enfermos alcohólicos hospitalizados en su Servicio y una agrupación de ex-enfermos. Por otra parte, a partir de 1953 el mismo Martí-Tusquets junto con Sarró y los Dres. González Monclús y Pedro Turó organizaron un “equipo psicodramático que después de un período de formación científica, psicológica e incluso en arte dramático, empezaron a utilizar con propósitos terapéuticos en la Clínica Psiquiátrica Universitaria” –para lo cual transformaron un viejo anfiteatro de disección en los sótanos de la Facultad de Medicina en el primer teatro de psicodrama de Europa. Por aquel tiempo, Martí-Tusquets visitó el Henderson Hospital en Belmont (Inglaterra), el Marlborough Hospital de Bierer en Londres, y a Tosquelles en Saint Alban. Ruiz Ogara, por su parte, visitó la Tavistock Clinic y el Maudsley Hospital, ambos en Londres, y escribe sobre los servicios de psicoterapia en dichas instituciones.

De estas actividades darían cuenta al III Congreso Mundial de Psicoterapia de Barcelona en 1958.Este Congreso, cuyo tema central era psicoterapia y análisis existencial, contó entre sus secciones especiales con una dedicada a psicoterapia de grupo y otra a psicodrama, la primera presidida por S. H. Foulkes y la segunda por el propio J. L. Moreno. En ambas actuó de Secretario Martí-Tusquets. Tanto una como otra estuvieron bien concurridas. Dentro de la primera, Foulkes organizó un Symposium de Group Análisis, donde habló de la formación que se impartía en su unidad del Maudsley, y presentaron trabajos Betelheim de Zagreb, E. Corteçao de Lisboa, Vivienne Cohen, Hogle y Rosen del Maudsley y, en la Sección general, presentaron Pat de Maré, Helen Durkin y S. R. Slavson. Este último pontificó sobre “Lo que es y lo que no es psicoterapia de grupo”. Tan distinguida y abundante participación de las VIP’s del grupo sólo se explica porque Sarró, probablemente, durante el II Congreso Mundial de Psiquiatría de Zurich en 1957 –dónde hubo un primer intento de reconciliación con Mira propiciado por Vidal Teixidor– seguramente acudiría al II Congreso Mundial de Psicoterapia de Grupo que se celebraba allí al amparo de aquél. En Barcelona la abundante participación de españoles quedó limitada a gente de la Cátedra de Sarró, con la única excepción de M. Rojo Sierra que habló de “El L.S.D. 25 y la psicoterapia de grupo” –una práctica que estaba de moda en aquellos días. Cosa curiosa, Otaola y Grañen, a pesar de proclamarse pioneros en terapias de grupo, tampoco participaron en esta sección. La sección de psicodrama fue inaugurada por Moreno con la conferencia “Psicodrama y existencialismo”, seguida por una demostración práctica del llamado “Psicodrama didáctico” en la Facultad de Medicina que, dice Martí-Tusquets, “levantó opiniones muy diversas, aunque, en general, podemos decir que favorables en los especialistas y desfavorables en los profanos, quizás porque pretendían obtener una idea de lo que es el Psicodrama en media hora de asistencia a una sesión demasiado abierta. Asimismo se hicieron tres representaciones del film dirigido por Rosellini “Psicodrama”.”

Dos cosas llaman mi atención de este Congreso de Barcelona: una es que los especialistas en psicoterapias de grupo latinoamericanos (argentinos, peruanos, chilenos y brasileños), un movimiento para entonces ya bien desarrollado en asociaciones vinculadas a la API, brillaran por su ausencia. La otra es que, caso de que las prioridades por las que claman mis colegas catalanes respecto a psicoterapias grupales y psicodrama sean ciertas, su inicio se anticipa en casi una década al del resto de España. Este congreso representa para mi un punto importante de mi vida: es el momento en que entro en contacto con la psiquiatría catalana y en el que de paso conozco a quienes serían mis maestros en el extranjero en el resto de mi formación analítica. En psiquiatría fuí una vocación tardía; me hice médico porque quería ser cirujano, pero cirujano de cuerpos no de la mente ni de almas como el destino me tenía reservado. De hecho, ni la psiquiatría ni los psiquiatras me merecían el menor respeto –la psicología médica nos la dio un cura que era médico y en mi último año de carrera, 1950-1951, se estrenó el Dr. Sarró como catedrático. Creo que asistí a una sola clase, no hacía falta, se aprobaba por jubileo como el resto de las “Marias”. Si me hice psiquiatra fue por accidente, había emigrado a Venezuela, me encontraba en paro y mientras revalidaba mi título de médico, en el único lugar donde encontré trabajo fue en el Psiquiátrico. Así fue como empecé mi residencia en el 54 y me fui aficionando a las psicoterapias. Volví a Europa a los tres años con ánimo de completar mi formación. Mi jefe allí, Fernando Rísquez, un médico militar bien viajado, más conocido como poeta que como psiquiatra, había estudiado en el Maudsley Hospital de Londres y en el McGill University de Montreal. Opté por Londres, y conseguida una beca del British Council, me encontraba en Barcelona esperando incorporarme cuando tuvo lugar aquel congreso. Para entonces el “gusanillo del grupo” ya me había picado, llevaba casi diez años en el Opus haciendo grupos –círculos de estudio se les llamaba– y acababa de ser nombrado por el IESE profesor en “factor humano” y tenía que prepararme. De ahí que la mayor parte de aquel congreso me la pasara en la sección de grupo. De todas las presentaciones que escuché la más pertinente a mis intereses y la más analítica de las orientaciones grupales allí expuestas fue la de S. H. Foulkes; así fue como nació en mí el interés por el grupo-análisis y opté por Foulkes como maestro en mi estancia en el Maudsley. No fui yo el único que quedó encantado: Ruiz Ogara, Martí-Tusquets y Leopoldo Montserrat se alistaron como “overseas members” a la Group Analytic Society de Londres. Es en este Symposium de Barcelona, donde mal que fuera bien tímidamente empieza el Grupo Análisis en España. Parece ser que a fines de los 50 en Cataluña los psicoterapeutas de grupo sentían la necesidad de formar parte de una asociación, y al no haber una nacional tuvieron que afiliarse a una extranjera. Yo no lo haría hasta volver de América. Vale recordar que para aquel entonces el único entrenamiento formal que aquella sociedad impartía fue la impartida por Foulkes para psicoterapeutas en su unidad del Maudsley. Fue la que yo seguí. Para entonces los únicos de sus discípulos que se habían analizado en grupo con él eran, que yo sepa, Pat de Maré y Jane Abercrombie; Robin Skynner no lo haría hasta 1962 y James E. Anthony y Malcolm Pines que tuvieron a Foulkes como analista didáctico de la API, nunca lo harían en grupo, ya que Foulkes no era partidario de simultanear ambos análisis y menos si se trataba de gente que estuviera con él en psicoanálisis didáctico. Creo haber sido yo el primero en Europa en seguir un entrenamiento formal en psicoanálisis individual y análisis grupal y hacerlo simultáneamente, y quizás siga siendo hoy el único en haberse graduado en ambos programas el mismo día y en una misma ceremonia. Por indicación de Foulkes, seguí el programa en psicoterapia analítica grupal que entonces se iniciaba en el Postgraduate Center for Psychotherapy, todavía llamado for Mental Health. Este programa incluía análisis personal en grupo y supervisión, y exigía una formación en análisis individual de cualquier instituto reconocido. Dada mi experiencia previa con Foulkes, contribuí a la organización del departamento de grupo desde mi llegada en el 59 y se me permitió seguir ambos programas para graduarme en el 63. Así es como, en marzo de 1963 vuelvo a Barcelona, con un doble entrenamiento formal completado y sendos diplomas que lo acreditan. Recuerdo muy vagamente que a mi paso por Londres donde hice escala tuve una entrevista con Pedro Bofill y Salomón Resnik que iban a reforzar al grupo barcelonés mientras los didactas viajaban a Londres semanalmente para la formación kleiniana que entonces empezaban. Contemplamos posibilidades de cooperación en Barcelona y, como se vería, mi formación americana suponía una gran ventaja al mismo tiempo que el mayor de los inconvenientes. Se daba en mi la paradoja de ser un analista formalmente entrenado y cualificado pero por una institución que no fuera miembro de la IPA.

El lugar donde me formé era entonces una institución tan ecléctica, el eje de la formación estaba centrada en el “grupo clase”, un grupo pequeño de colegas, de entre ocho o diez según los cursos o programas cuya docencia tanto teórica como clínica era impartida por profesores de distintas escuelas y donde además los alumnos tenían libertad para realizar sus análisis didáctico y sus supervisones con el analista de la orientación que más les convenciera. Para acabar de complicar las cosas el Centro a nivel de postgrado universitario era de carácter pluridisciplinar: se aceptaban en igual base alumnos con un doctorado en medicina o en psicología o en servicio social. Esta actitud con respecto al “análisis no médico” en Estados Unidos equivalía a una blasfemia, tanto para los de la American Psychoanalytic Association de la IPA, como para los disidentes de la American Academy of Psychoanalysis. Me alargo en esta explicación respecto al contexto institucional de mi formación por creer que cual márcamo temprano condicionó el futuro de mi devenir profesional y ciertas actitudes que todavía me distinguen. No me extrañaría que mi simpatía por Mira y mi devoción por la SEPTG vengan condicionadas por ello. Por ejemplo a mi vuelta a España el hecho que yo fuera un psicoanalista entrenado en dispositivo grupal e individual, hizo posible para que algunos analizandos de la primera camada de la Asociación Luso-Española de Psicoanálisis reconocieran mi formación y quisieran estar de observadores en mis grupos. En cambio, cuando se consideró ser admitido en la misma, la condición fue que me sometiera a un nuevo análisis didáctico con alguno de los didactas de Barcelona, que en aquel momento empezaban a viajar a Londres para sus propios re-análisis didácticos kleinianos, en otras palabras una situación similar a la afrontada por Victor Tausk cuando Freud le rechaza en análisis y le sugiere lo haga con Helene Deutsch, entonces una principiante, que estaba en análisis con él.

Por cierto que, una situación similar a la de Tausk con Helene Deutsch se dio con Sarró y con Foulkes, cuando aquella, siendo ya Directora del Instituto de Viena, los tomó en análisis didáctico a fines de los años 20. Sarró, decidido a analizarse con Freud, tuvo que conformarse con ella, y no terminó con Wilhelm Reich porque se resignó a pagar los altos honorarios que ésta le exigía. Quizás Reich hubiera sido capaz de ayudarle a vencer las resistencias insuperables de que le acusaba Deutsch. Foulkes, cuya secreta ambición hubiera sido también analizarse con Freud, tuvo que resignarse a hacerlo igualmente con la Deutsch y encima –aún que fuera a horas distintas– compartir con su propia esposa el diván como aquella le exigía. Ninguno de los dos siguió el ejemplo de Tausk hasta el extremo de un doble suicidio, pero no me extrañaría si las actitudes de Sarró con respecto a Freud –”me gustaría, aún reconociendo su gran talento (de Freud), que a mi se me reconociera más como parricida que como alumno”, una de sus boutades preferidas en sus últimos tiempos– tuvieran el mismo origen. Quizás el comportamiento con su cátedro, Mira, fuera una pasada al acto de aquel deseo insatisfecho. Idem de idem, de no haber sido por las circunstancias de su análisis con Deutsch, quizás Foulkes nunca se hubiera atrevido a ver enfermos tal como le iban llegando, es decir con sus familias o a analizar en un grupo a sus pacientes individuales, tal como empezó su Grupo Análisis en Exeter en 1939.

En mi caso particular no fueron tan solo aspectos de política institucional los que hicieron imposible una cooperación. Al mes de volver a Barcelona en 1963, di una conferencia en la Academia de Ciencias Médicas en la que hablaba del tratamiento combinado o concomitante del psicoanálisis individual y de grupo. Basándome en el tipo de transferencia propiciadas por estas situaciones, afirmaba que la analizablidad de un enfermo dependía basicamente de su “fortaleza yoica” y que en función de ella la psicoterapia de grupo parecía más adecuada que no la individual para aquellos que tenían fijada su neurosis en fases muy tempranas de la vida. Presentarme como defensor de la psicología del yo –la americana– fue una insensatez, y eso que todavía no habían llegado los lacanianos, sonaba ya a blasfemia para quienes, recién convertidos al kleinismo, andaban empeñados en profundizar en los aspectos psicóticos de su persona.

Mi vuelta a Barcelona en marzo del 63 coincide con la celebración del Tercer Congreso Mundial de Psicoterapia de Grupo de Milán, programado para el 18 hasta el 20 de julio, el primero que se celebra en un país de lengua latina y donde quedó establecido un International Council of Group Psychotherapy, promotor de una fundación de la Asociación Internacional de Psicoterapia de Grupo que se constituiría finalmente en Zurich en 1973. De este Council pasaron a formar parte Sarró, Martí-Tusquets y Ruiz Ogara. El tema del congreso era “Tendencias actuales en psicoterapia de grupo”. Con este mismo título dí una conferencia en el Instituto de Medicina Psicológica de los Drs. Otaola y Grañen a la que entre otros asistieron Martí-Tusquets, Ruiz-Ogara, Murcia, y Farrer Puyal, colegas con quienes, aquel mismo curso, iniciaríamos en mi consulta un grupo de co-visión cogestado del que hablaré a continuación. Releyendo hoy este artículo, en el que comparo mi visión de las psicoterapias analíticas grupales en Inglaterra y en Estados Unidos, lo que me sorprende es cuán poco hayan cambiado con los años mis opiniones respecto a la función del análisis didáctico en la formación y sus consecuencias. Básicamente lo que allí exponía era que la impronta recibida a través del análisis didáctico, irrespectivamente de que se trate de un análisis individual o grupal, se relaciona con su función de transmisor de ideologías y la configuración de lo que años después definiré como “plexus profesional del terapeuta”. Como complemento a la vez que correctivo al imprescindible análisis didáctico, comentaba una impactante experiencia que había tenido en el curso de mi programa de grupos: “Otra forma cada día más en boga en América son los “seminarios de contratransferencia”, donde profesionales ya maduros, con una humildad que impresiona, se reúnen para discutir problemas de su propia contratransferencia en situaciones individuales o de grupo. Dichos seminarios, que generalmente se conducen como un grupo, resultan a menudo más eficaces que los mismos grupos terapéuticos limitados a profesionales, pues se evita la calidad de “como si fueramos enfermos” de la que a menudo adolecen dichos grupos, se disminuye grandemente el uso de intelectualizaciones y racionalizaciones y, finalmente, se favorece la sinceridad de los terapeutas pues resulta mucho más difícil defenderse cuando uno dice “mira cuan neurótico soy como terapeuta” que confesarse sencillamente “cuan neurótico es uno”.

Resultado de la discusión de aquel trabajo con los colegas mencionados nos animamos a iniciar entre nosotros un grupo con objetivos semejantes pero con una salvedad: se trataría de un grupo de pares, un grupo sin líder, o mejor dicho un grupo de co-visión de intercambio de ideas y experiencia sin el supervisor fuera el grupo. Es decir un intento de materializar aquella Máxima de Foulkes donde considera mejor que retornar al análisis personal, cada vez que el conductor se ve acosado por problemas de contratansferencia fuera “discutir dichas tensiones con colegas con quienes se tiene un entendimiento mutuo, quizás en términos científicos y técnicos, y mantener con ellos una especie de discusión libre de grupo al respecto.”

Obviamente, este grupo nos trae reminiscencias de aquel primer grupo de terapeutas catalanes que a finales de los años cuarenta se reunía en los sótanos de la clínica Barraquer en el que tampoco se contaba con maestro alguno. Hay una gran diferencia con todo, en aquel se cotejaban textos con experiencias clínicas, mientras que en éste lo que se contrastaban eran las experiencias del terapeuta. No es fácil sostener una experiencia así sin un amparo institucional. El grupo original de Viena con Freud duró escasamente seis años y eso que tenían “maestro”, el nuestro escasamente un curso. Nos vimos obligados a disolverlo porque el grupo se encontraba atrapado en el dilema de andar suspirando por un líder y al mismo tiempo negando que lo tuviera. Algunos de aquellos colegas a los que creo se unió Joan Palet, continuaron el grupo, pero esta vez, eso sí, pagando y con maestro. Resnik, que se encontraba en Barcelona enseñando al grupo de psicoanalistas de la API, se atrevió a dirigirlo. Naturalmente esto tuvo que pagarlo con el ostracismo de la Asociación Luso-Española. Ahora y en retrospectiva me doy cuenta que toda mi actividad profesional ha venido guiada por la búsqueda de espacios asociativos donde el entendimiento mutuo entre colegas sea suficiente como para mantener con ellos una especie de discusión libre de grupo.

En aquellos primeros años mi actividad andaba centrada en tres frentes: introducir el enfoque grupal en los servicios psiquiátricos, actividad que en aquellos tiempos era forzosamente de carácter voluntario, establecer una práctica privada con que ganarme la vida, y seguir aquí con otros grupos la formación que había iniciado en el extranjero. Ninguna de esas tareas era fácil: la Cátedra me abrió las puertas del ambulatorio pero las referencias de enfermos eran nulas, uno mismo tenía que hacerse las primeras visitas para conseguirlo y los cachorros de analista a quienes acepté como observadores a las pocas sesiones ya sabían más que el “maestro”. Más suerte tuve en el Hospital Asilo de San Juan de Dios, donde al cabo de un año de trabajar con el Dr. Folch Camarasa en el dispensario de Psiquiatría me pidió que me hiciera cargo del mismo. Ésta fue el segundo de mis intentos de enseñaje/aprendizaje no institucionalizado. Eran los años de lucha por la reforma psiquiátrica y la Orden de San Juan de Dios estaba por el cambio. El Servicio de estar centrado en el niño pasó a estarlo en la familia y en el contexto asilar donde se intentaba impartir una asistencia multidisciplinar integral e integrada. Para ello hubo que entrenar primero al personal, cambiar actitudes en la institución y crear las condiciones para introducir en un hospital de caridad un esquema de práctica geográfica integrada donde los pacientes pagaban o no según sus recursos, y a los profesionales en formación (psiquiatras, psicólogos clínicos, trabajadores sociales y educadores terapéuticos u ocupacionales) se les pagaba con la enseñanza y en proporción a las horas trabajadas y a los miembros del servicio dependiendo de lo que se recolectara. Mi dedicación a San Juan de Dios, un servicio totalmente orientado grupalmente, absorbió todas mis energías durante toda la década de los sesenta. El movimiento era demasiado revolucionario y en demasiados frentes para que la institución lo tolerara. El determinante que dio al traste con ese experimento, yo creo, vino por la venta de los terrenos del viejo asilo en la Diagonal y la planificación y construcción de un Nuevo Hospital de San Juan de Dios. El detonador, sin embargo, fue la democión del progresista Padre Prior que lo había propiciado y su substitución por uno más conservador, elegido para neutralizar los cambios que este servicio impulsaba. Así y todo, y a pesar de la escasez de recursos con que nos movimos, aquel servicio fue pionero en implantar una orientación familiar a la psiquiatría infantil en un servicio y en la formación en el trabajo de profesionales con carácter multidisciplinar. Hay que recordar no fue hasta principios de los sesenta que en la Universidad de Barcelona se empezaron a impartir estudios de psicología, factor que sin duda condiciona el desarrollo de las psicoterapias. Si bien es cierto que aparte del “Seminario de Psicoterapia y Análisis Existencial” y en “Anfiteatro de Psicodrama” de principios de los años cincuenta, en la cátedra del Dr. Sarró se había ya montado una “escuela de trabajadoras sociales y asistentas psiquiátricas” o algo por el estilo, pero no fue hasta que el doctor Siguán establezca en Barcelona en 1966 una Escuela de Diplomados en Psicología que se inicien estudios académicos de psicología. La escuela de Barcelona –a diferencia de la Escuela de Psicología y Psicotecnia de la Universidad de Madrid– contaba tan solo con las especialidades de Psicología Pedagógica e Industrial ya que se vio obligada a renunciar a la Escuela de Psicología Clínica que se quedó bajo el dominio del Departamento de Psiquiatría en la Facultad de Medicina.

Resumiendo, durante las dos décadas que van desde aquel “Centre d’Estudis Psicoanalític” del Grupo Erasmo a fines de los cuarenta hasta 1968 en que abandoné San Juan de Dios para dedicarme a la enseñanza de la medicina y de la psicología en la recién fundada Universidad Autónoma de Barcelona, en esta ciudad la implantación de las psicoterapias y su enseñanza se hace por tres vías: a) la privada, autofinanciada, que es la escogida por psicoanalistas afiliados a grupos dependientes de la API, si bien se conseguirán importantes apoyos de la OMS que financia los viajes de los miembros de la Sociedad de París, y la del Instituto de Medicina Psicológica de los Drs. Otaola y Grañen; b) la pública, desde la cátedra de Psiquiatría; y c) la asilar en el Instituto Frenopático que dirigía el Dr. Martí-Tusquets. Que yo sepa, por aquellos años eran bien pocos los grupos de psicoterapia que funcionaban en práctica privada, la mayoría se daban en el seno de las instituciones públicas, con poblaciones cautivas y conducidos por profesionales jóvenes con escasa o nula formación al respecto. Es de advertir que si yo me formé en psicoanálisis y en grupos analíticos, nunca fue con el ánimo de convertirlas en una especialidad o una profesión. De haber sido otras las condiciones de la asistencia psiquiátrica a mi llegada, lo más posible es que me hubiera dedicado a tiempo completo a la psiquiatría pública u hospitalaria. Mi dedicación a San Juan de Dios, un hospital voluntario y de caridad, me obligó a adoptar la práctica privada como modo de subsistencia y las condiciones de la asistencia hospitalaria pública o privada no eran las adecuadas para ejercer una psiquiatría dinámica tal como a mi me gustaba hacerla.

Los grupos de Madrid

Dr. Jerónimo Molina Nuñez

 

Madrid, donde estudié mi cuarto curso de carrera y donde viví dos años después de terminarla, la habré visitado cientos de veces por motivos profesionales pero es ciudad cuya cultura psiquiátrica sigue siendo para mí un mundo desconocido. La primera vez que acudí a Madrid en esta capacidad fue para atender a un Congreso Internacional de Psicoterapeutas Católicos organizado por López Ibor en 1957. Todo lo que allí aprendí era, en conclusión, que eso de “convertir” el catolicismo al psicoanálisis era relativamente sencillo: primero se establecía la transferencia de la figura del padre al analista y luego desde éste al Padre eterno, total, uno podía seguir siendo católico a la par que analista y de paso salvar almas y santificarse con su trabajo ordinario. Es obvio que seguía “militando” en el Opus para entender las cosas de esta manera, pero argumentos en favor de esa tesis allí no faltaban: el Padre Gemelli era el presidente de la asociación, el Padre Mailloux del Congreso, y a Zilboorg, analista judío americano recién convertido al catolicismo se le mostraba como trofeo. Incluso de los pocos psicoanalistas ortodoxos que en España había, como Bofill, Rallo, o Pertejo, allí no falló ni uno. No volví a Madrid hasta siete u ocho años después, invitado por el Dr. Jerónimo Molina Nuñez para visitar su Instituto-Clínica Peña Retama de Hoyo de Manzanares. Entre una y otra ocasión yo había terminado mi formación analítica individual y grupal en el extranjero y descubierto a mi vuelta a España que cualquier tipo de colaboración con los de la API –no digamos ya de asociación– era poco plausible. Me parece recordar que en aquella ocasión supervisé o participé en algunas de las sesiones de grupo que se llevaban en Peña Retama. Lo que más me impresionó con todo no fue tanto la organización de aquella pequeña comunidad terapéutica –donde el personal tratante superaba al de los residentes tratados; su capacidad máxima era de veintiséis plazas– ni tampoco el modo como las psicoterapias de grupo se aplicaban en aquel contexto, sino la poderosa personalidad del Dr. Molina y las características del grupo profesional que enrededor suyo se había ido formando. Tengo entendido que los miembros del grupo fundador de Peña Retama, además de ser discípulos de Molina y analizados por él, por lo menos en parte, eran colegas y socios de él en la clínica. No recuerdo como llegué a contactar con Molina. Lo más probable es que fuera a través del grupo de Barcelona del que ya hablé, pero la afinidad que nos daba el hecho de que ambos hubiéramos tenido que formarnos fuera y de no ser reconocidos a nuestra vuelta a España por los “psicoanalistas” de la API, supondría algún lazo. Sé haber participado después en alguna de las jornadas que sobre psicoanálisis organizó dicho grupo a nivel nacional, como por ejemplo las de la Manga del Mar Menor en Cartagena, de las cuales surgiría la Asociación Española de Psicoterapia Analítica en 1966. No sé porqué no me hice miembro de esta organización. Al fin y al cabo era la primera de psicoterapeutas con orientación analítica no ortodoxa fundada en España y la primera en unirse a la Federación Internacional de Sociedades Psicoanalíticas, asociación rival de la API, a la que yo, a través de la American Academy de Nueva York, el Centro donde me formé estaba afiliado. Ignoro si es que no llegaron a invitarme o decliné el honor de afiliarme.

A mi entender la figura de Jerónimo Molina Nuñez y su papel como adelantado del psicoanálisis y promotor de las psicoterapias analíticas y de grupo en España no ha sido suficientemente entendido, reconocido ni apreciado. No es responsabilidad mía ni estoy en condiciones para reparar esta deuda como hice en otras ocasiones con Mira y con Sarró. Pero sí quizás mis reflexiones animen a otros a subsanar tal “asignatura pendiente”. Una advertencia previa, la trayectoria de Molina y el devenir de las instituciones por él inspiradas no son fáciles de entender sin tener en cuenta la situación de la psiquiatría y del psicoanálisis en aquellos tiempos. En laMonografía Conmemorativa de la fundación de la Asociación Española de Psicoterapia Analítica de 1966 y que sirve de introducción a la revista de dicha Asociación, la cosa está bien clara:

” La asociación… ha surgido de una necesidad de organización y de síntesis de la labor científica que, durante un período de cuatro años, ha venido realizando en Madrid el grupo de trabajo creado por el Dr. Molina entorno al Instituto-Clínica de Psicoterapia “Peña Retama” (Hoyo de Manzanares) y del Instituto de Psicoterapia…

La Asociación pretende con su creación llenar el vacío existente entre las dos posiciones extremas de acercamiento al enfermo mental, el psiquiátrico académico y el psicoanalítico ortodoxo. Su finalidad principal es promover la investigación y enseñanza de una forma auténtica en el campo de la “psicoterapia”, sobre una base científica y clínica…

Esperamos que esta publicación científica sirva de estímulo y acicate, tanto para los miembros de la Asociación como para todos los psiquiatras españoles, para un estudio más profundo y sistemático de Psiquiatría Dinámica y de las técnicas de psicoterapia.” (los subrayados son míos).

El plan no puede ser más ambicioso, un pequeño “grupo de trabajo” “Peña Retama” –unos ocho o nueve, que si bien cuando se registran en la AIPG son ya unos 20– nacido con Molina en torno a una práctica clínica y una enseñanza analítica, ambas de carácter privado, emprende una “nueva cruzada” al transformarse en asociación nacional: “llenar el vació que existe entre el enfoque psiquiátrico académico y el psicoanalítico ortodoxo”. Por cierto, nunca acabé de entender porqué quienes no pertenecen a la API le atribuyen el don de la “ortodoxia”. Después de todo, como reza el dicho: “ortodoxia es mi doxia; heterodoxia es la doxia del otro.”

No es de extrañar que quien se meta en medio de estos dos colosos en disputa acabe llevándose todos los palos y al final salga malparado. Pero esta era una elección que no le era posible evitar a Molina. Ya mencioné que tal como nos cuenta María Luisa Muñoz, Molina fue uno de los tres analizados por Garma antes de nuestra Guerra Civil. No sé qué sería de los otros dos, Jose Solis y Mariano Bustamante, como tampoco sé si Manuel Prados y Such, otro psicoanalista español exilado a Montreal, sería asimismo analizado aquí por Garma, o bien se formaría en Viena, Berlín o, después, en USA o Canadá. O, quizás sería sencillamente uno de esos autodidactas que tanto le preocupaban a Garma. Sea como sea, este último fue el único español presente en Toronto en el primer Congreso Mundial de Psicoterapia de Grupo de 1954 y ésto para nosotros terapeutas de grupo es importante. Sería Molina quien –durante la Guerra Civil estuvo en zona nacional, fue médico militar, Diplomado de Psiquiatría del Ejército del Aire y después de la guerra pasó a ser director del manicomio provincial de Guadalajara– retoma contacto con Garma. Así empieza el relato que del desarrollo de su grupo hace Molina en la Monografía citada:”Yo empecé mi formación psicoanalítica en España, continuando después en Buenos Aires, completándola después en Berlín, hasta ser nombrado Miembro de la Sociedad Psicoanalítica Alemana y posteriormente he seguido el control de mi experiencia con un psicoanalista disidente, el Dr. Laforgue”. Este relato contrasta con el de María Luisa Muñoz quien minimiza el papel jugado por Molina en el reinicio del psiconálisis en Madrid: “La formación del grupo madrileño surgirá de los rescoldos que el trabajo de Angel Garma había dejado en sus años de residencia en Madrid. Ramón del Portillo, iniciador del grupo madrileño, llegará al psicoanálisis a través de sus lecturas personales y su contacto con Jerónimo Molina, director del Psiquiátrico de Guadalajara, antiguo analizado de Garma. En 1948 Ramón del Portillo y Jerónimo Molina tomaron de nuevo contacto con Garma, pidiéndole ayuda y asesoramiento para comenzar su formación psicoanalítica en alguna sociedad europea de psicoanálisis. Angel Garma les puso en contacto con el presidente de Sociedad Alemana de Psicoanálisis, doctor Müller-Braunschweig, aunque la Sociedad Alemana de Psicoanálisis atravesaba un momento extremadamente difícil y, después de los traumáticos años de la guerra, en nada se parecía a la floreciente sociedad psicoanalítica que había conocido Garma. Ramón del Portillo decide ir a Berlín, donde en 1949 entra en contacto con Müller-Braunschweig quien le presenta a Margarita Steinbach, una analista didacta, con la que se analiza en Berlín hasta 1950. Ramón del Portillo, que mantenía contacto con un grupo de españoles interesados a su vez en recibir una formación psicoanalítica, propone a Müller-Braunschweig y a Margarita Steinbach la posibilidad de que ésta venga a España para formar un grupo de psicoanalistas. El proyecto se realiza y en 1951 encontramos a Margarita Steinbach pasando consulta en Madrid.”

Resulta obvio que quien retoma contacto con Garma es Molina y no Portillo… y no lo hace precisamente por carta. Viaja a Buenos Aires, trabaja en el Sanatorio de las Mercedes –el mismo donde Pichon Rivière tendría la experiencia germinal con pacientes de la que brotarían sus “grupos operativos”– se incorpora a las actividades del allí sí floreciente Instituto Psicoanalítico y contínua su análisis no sabemos con quien. Mi intuición me dice que no fue con Garma, ya que con este mantuvo buena amistad y, sin embargo, sus comentarios de aquel análisis en Buenos Aires no pueden ser más luctuosos: “Un acontecimiento crucial como la muerte de mi padre no encontró el más mínimo eco en el exterior entre los amigos y compañeros del círculo psicoanalítico, y las inmediatas sesiones individuales cortaron toda posibilidad de sentimiento depresivo. Dentro de la misma concepción y escuela, toda enfermedad era interpretada como masoquismo. Ante la fotografía de una novia que entonces tenía, el psicoanalista dice: tiene cara de tonta. Mi trabajo diario en histología del sistema nervioso y clínica neurológica era visto como resistencia al análisis y el estudio del fondo de ojo como deseo inconsciente de ver el culo de mi padre”. Todo en todo su experiencia argentina no deja de ser productiva. Durante su estancia en Buenos Aires en 1949 publica una monografía “Critica a la Psiquiatría” y otra a su vuelta en 1950″Observaciones Psicoanalíticas” donde populariza conocimientos psicoanalíticos básicos y polemiza con “La agonía del Psicoanálisis” que López Ibor acababa de publicar. Tras una pausa, no sabemos cuán larga, reanudó su análisis en Alemania. Ignoramos si coincidiría allí con Portillo o no. El hecho es, sin embargo, que Molina se analiza con la más alta autoridad del psicoanálisis alemán en aquellos momentos, Müller-Braunschweig, y Portillo se tiene que resignar a analizarse con Margarita Steinbach, un miembro de la Asociación quien ni siquiera es médico. “En el nuevo ambiente psicoanalítico –dice Molina de su estancia en Berlín– y las sesiones con Müller-Braunschweig, filósofo y humano psicoanalista, la revisión de los hechos antes mencionados llega a conclusiones bien distintas. En el curso de la nueva labor analítica pudo deducirse claramente que mi alejamiento del anterior ambiente psicoanalítico se debía en el fondo a que algo dentro de mi personalidad, quizás más allá del inconsciente freudiano, se resistía a aceptar sin detrimento dicha filosofía de vida.” Es, pues, debido a una posición ideológica –y las posiciones ideológicas cabe analizarlas en grupo, como hacía Schilder, pero no individualmente– a lo que Molina atribuye su distanciamento de la organización psicoanalítica. A ello parece haber contribuido la experiencia que tuvo que afrontar cuando regresa, según él, como miembro de la Asociación Psicoanalítica Alemana: en su ausencia, Steinbach en complicidad con Portillo le había quitado la clientela. En palabras de Molina, a partir de aquí “…la situación es como sigue: una atmósfera de injurias y calumnias contra mi, de lo más disparatadas (fáciles de ver como proyecciones), con la intención de enfrentarme con la Internacional, sobre todo con Berlín, y poder constituir una Sociedad Española de Psicoanálisis sin mi participación. Aunque la situación me crea dificultades cada vez más extensas e intensas, cada uno que cae en el grupo es transformado en enemigo mío, yo permanezco silencioso en mi trabajo, sin reaccionar tampoco cuando de los cabecillas del grupo naciente me llega algún mensaje así: “estamos esperando que venga a trabajar con nosotros”.” Al año de volver de Berlín, su analista y Presidente de la Sociedad Alemana, el mismo que le había felicitado por su admisión como miembro, le comunicaba que ante la constante información que recibían de España, la Sociedad se había visto obligada a reconsiderar su caso y, en contra suya, se sustituía su título de miembro por el de “ständiger Gast”.”Yo contesté renunciando a este honor y felicitándoles por su acierto” cuenta Molina amargamente. A partir de entonces, la guerra de Molina con la Internacional estaba declarada. La reacción de Molina a las acusaciones de paranoico que le hace el grupo de Madrid resultan una “profecía que se cumple a si misma”, al igual que había sucedido con Adler primero y después con Jung frente a los diagnósticos freudianos. En abril de 1954 murió en Madrid Margarita Steinbach en circunstancias confusas, ocasión que Molina y la psiquiatría oficial aprovechan para difamarla. Esto supuso un serio golpe para el naciente grupo madrileño: por una parte se quedaba huérfano de analista didacta, por otra obligaba a algunos de sus miembros a viajar e incluso a verse obligados a analizarse en una lengua extranjera, como la catalana Julia Corominas y Carolina Zamora que irán a París o a Rallo que se junta al grupo de catalanes que ya lo estaban haciendo en Suiza. La reacción del grupo argentino no puede ser más generosa. Reacciona a la petición de ayuda de los madrileños, invitando a algunos de sus miembros a seguir allí su formación. Capitaneados por Garma, los argentinos organizan en Barcelona aquel Congreso Iberoamericano de intercambio médico-psicológico ya mencionado. En el Congreso de la API de Ginebra que sigue aquel mismo verano, cuyo tema central, por cierto, versaba sobre “Formación psicoanalítica”, Raskovsky llega al extremo “de pedir que se establezca un comité para apoyar a grupos nuevos, como era el español, a fin de resolver el problema de la formación en el extranjero o del que surgía de las dificultades idiomáticas o de los de psicoanálisis didácticos en países extranjeros”. Se brinda a que los candidatos pudieran pasar tres meses en Buenos Aires y, a cambio, él iría tres meses a España, con lo cual se conseguiría seis meses de formación al año. A pesar de que la Asamblea rechaza esta atractiva sugerencia, pero como era el caso de España que allí no residía miembro alguno de la API en ejercicio, aquel curso Ramón del Portillo se analiza con Angel Garma, María Teresa Ruíz con L. Grinberg y Balise con Pichón Rivière. A su vuelta a España se organizan ciertos programas en los que algunos analistas didactas argentinos entre ellos el mismo Raskovsky, Fides Cesio, Liberman y Jaime y Pola Tomás vuelven a España a colaborar en la formación de este pequeño grupo. El grupo de Barcelona, en cambio, crece y se desarrolla en el extranjero primero en Prangins (Suiza) y luego, gracias a la protección de Suiza y el apoyo que les brindara París –ayuda que incomprensiblemente subvenciona la oficina europea de la OMS por más de cinco años – en Barcelona. En 1956 los dos grupos se reúnen y juntos con otros psicoanalistas portugueses y españoles optan por unir sus esfuerzos y conseguir como “Sociedad Luso-Española de Psicoanálisis” la aceptación de la API que no les podía conceder por separado. De esta manera, en 1957 el Congreso de Paris de la API les acepta como “Grupo de Estudio” y, dos años después, el 29 de Julio de 1959 el Congreso de Copenhague les reconoce como Sociedad miembro. Finalmente, el 26 de Septiembre del mismo año reciben la autorización gubernativa. Coincidencias de la vida, meses después en 1960 el Instituto Peña Retama recibiría idéntica autorización gubernativa. No vamos a describir aquí la historia del psicoanálisis español de posguerra ni su situación dentro del panorama general de la API más allá de cuanto ésto nos permita comprender la situación de Molina a principios de los sesenta cuando se siente obligado a fundar Peña Retama, y la influencia que haya podido tener en establecer una Asociación Española de Psicoterapia Analítica y el papel de ésta en la gestación la SEPTG.

El movimiento que se inicia en España en los años cuarenta coincide con la reincorporación a la API en 1948 de la American Psychoanalytic Association que en 1939 había llegado a la “declaración de independencia” que se venía ya mascando desde el Congreso de Homburg en 1925. Los motivos de disputa estaban no tanto en la cuestión del “entrenamiento de psicoanalistas no médicos” repudiada por los americanos y en la cual si bien fuera de mal grado Freud estaba dispuesto a hacer concesiones, como en la de “formación de candidatos extranjeros” donde ni Viena ni Berlín podían ceder dado que además de consistir en la principal fuente de ingresos de dichos Institutos restringía el derecho a practicar y enseñar el psicoanálisis urbi et orbi a sus cualificados del que hasta entonces venían gozando. La International Training Comission que a propuesta de Eitingon se formó entonces con el fin de establer standards y unas normas obligatorias en vez de aclarar la cuestión, lo que vino es a enrarecerla, hasta el punto que los americanos en el Congreso de Paris lanzarían elultimátum que llevaría a Jones a aceptar diez años después una reforma de la Constitución de la API redactada por los americanos, y que llevaría a Millet, el presidente de esta comisión, a comentar “Desde entonces, la API ha recuperado lentamente y hasta un cierto punto su posición de árbitro respecto a la acreditación de nuevas sociedades psicoanalíticas. Todavía una cierta aura de autoridad pende de su nombre. Muchos nuevos grupos ansiosos por un reconocimiento fuera de su ámbito nacional se buscan dicha acreditación. Sigue publicando su órgano oficial: The International Journal of Psychoanalysis y mantiene cada dos años sus congresos internacionales… sin embargo, ya no ejerce control alguno sobre los programas educativos de los distintos institutos psicoanalíticos, cuyos graduados son miembros de las asociaciones nacionales.” Ante tal comentario resulta difícil entender la insistencia del historiador oficial de la Asociación Española de Psicoanálisis al ser aceptada como grupo de estudios: “…que la API ni se limitó a dar un mero reconocimiento administrativo a un grupo de estudios” o “Se llegó pues a un primer estadio de organización que al permitir su aceptación y reconocimiento para poder iniciar la tarea de poder practicar el psiconálisis, enseñarlo y extenderlo en nuestro país. Este reconocimiento, no se debió a un simple trámite administrativo sino que implicó haber alcanzado los niveles exigidos por la API…”, ni tampoco la exaltación con que al ser aceptados como sociedad afiliada expresa la sociedad en su primera asamblea: “toma por unanimidad la decisión de que conste en acta un voto de agradecimiento al Dr. Bofill por los esfuerzos dedicados a organizar esta Sociedad Luso-Española de Psicoanálisis y por el éxito que representa el haber conseguido la admisión de la Sociedad en la API”. Excusatio non petita, acusatio manifesta. Ciertamente que el desarrollo del psicoanálisis en la Peninsula Ibérica no es ajeno a la lucha por el caudillaje del movimiento psicoanalítico que a la muerte de Freud se desplaza desde el mundo de habla alemana al de habla inglesa y desde sajón la Blanca Albión a los Estados Unidos de América. A partir de su “declaración de independencia” de la API, la proliferación de Sociedades e Institutos de la American Psycho-Analytical Association es tal que a los cuatro centros tradicionales con que contaba en 1939 –Nueva York, Boston, Chicago y Washington– al final de la década de los cuarenta se habían sumado seis más, otras diez en la de los cincuenta, para alcanzar en 1968 la brutal cifra de 29 sociedades y 20 institutos de formación y de unos 1.289 miembros. La “Declaración de Independencia” de la International Training Comission no liberará a los psicoanalistas americanos del poder de los didactas europeos, quienes vienen a reforzar las elites que se habían previamente ido a entrenar a Europa y que son quienes poblaran los comités de docencia de las sociedades e institutos de la APA a nivel nacional y local. El tipo de malestar que con los Europeos había aparecido con la cuestión del análisis laico, en la APA reaparecería por cuestiones de dogmatismo didáctico. El pragmatismo americano –que desde siempre defendió que toda forma de terapia, y por tanto el psicoanálisis, eran procedimientos médicos, en lógica consecuencia llevó a que se crearan cátedras de Psicoanálisis –la primera la de Franz Alexander, dotada por la Universidad de Chicago en 1930 y la segunda la de Hanns Sachs en 1932 por Harvard –y, luego, que dentro de una misma ciudad cupiera más de un Instituto. El primero en conseguirlo fue la Asociación para la Medicina Psicoanalítica, cuya afiliación a la APA fue acompañada por el establecimiento de un Instituto dentro del Departamento de Psiquiatría del Colegio de Médicos y Cirujanos de la Universidad de Columbia, en Nueva York. De esta manera en el psicoanálisis americano, consagrado ya como médico, surge el Rubicón entre los institutos “ortodoxos” o “conservadores” –que se adhieren a las teorías y técnicas de tratamientos tradicionales metapsíquicos o científicos– y los más “liberales” –donde estos principios pueden ser cuestionados. La cuestión de la formación surge de nuevo en el continente americano ahora no por razones de profesión, dado que el psicoanálisis se enseña solo a médicos, sino por el derecho a la libertad de enseñanza. Tan pronto como en 1941 y por esta misma razón, Karen Horney, Clara Thompson y un grupo de seguidores se habían levantado y marchado dando un portazo de la New York Psychoanalytic Society y fundando la Association for the Advancement of Psychoanalysis y su propio instituto: el American Institute for Psychoanalysis. A los dos años este grupo se escinde por las mismas razones, debido a que esta vez es Karen Horney la que se obstina en rehusar a enseñar a los no médicos. Así es como Clara Thompson, Harry Stack Sullivan y Erich Fromm forman el William Alonson White Institute, cuya afiliación a la APA es rechazada por utilizar didactas y aceptar candidatos que no fueran médicos.

En 1956, sin embargo, un desarrollo enteramente nuevo tiene lugar en la historia del psicoanálisis: la organización en Chicago, inspirada por Franz Alexander, de la American Academy of Psychoanalysis. Poco a poco y con la popularización del psicoanálisis, neo-freudiano o no freudiano, médico o no médico, académico o institucional, se ponía en evidencia una creciente necesidad de un foro dónde fuera posible la discusión y el espíritu de investigación científicos, la buena camaradería entre colegas y el intercambio de puntos de vista con científicos de disciplinas afines. Para entonces existían ya centros legalmente establecidos de educación postgraduada de formación y entrenamiento en psicoanálisis bajo el liderazgo de experimentados y dedicados psicoanalistas que habían fundado centros independientes, el más antiguo de éstos y de mayor volumen, el Postgraduate Center de Nueva York en que me formé, que contaba con 300 psicoanalistas procedentes de distintas escuelas entre su personal y alumnado. Pronto se puso en evidencia de que independientemente de cuáles fueran los propósitos explícitos en su constitución, lo que se trataba de establecer era una organización en competencia con la APA para el control de la formación de psicoanalistas que ésta reclamaba en exclusiva. Evidencia de ello está en que la Academia hacía coincidir sus reuniones con las de la APA, con lo que se hacía incompatible participar en ambas asociaciones. Pronto además, intentaron establecer unos boards (tribunal examinador nacional) de subespecialidad en psicoanálisis y bajo el patrocinio de la institución madre, el American Board of Psychiatry and Neurology. Al no encontrar una oposición, pretendieron entonces que el presidente de dicho board fuera nombrado por el Presidente de la APA, propuesta que levantó una fiera oposición ya que implicaba que todos los institutos legalmente reconocidos deberían figurar en dicho tribunal. Propuesta que, por supuesto, no podía aceptar la APA ni los institutos independientes. Algo parecido a lo que está sucediendo actualmente en Europa con la EFPP, la EAP y la FEAP, donde las organizaciones que no se inscriben son las psicoanalíticas afiliados de carácter internacional como la IPA o la AIPF. A la mayoría de los docentes del Postgraduate Center de Nueva York, sin embargo, no se les acepta a sus graduados porque en este centro se entrenan tanto a médicos como no médicos.

A pesar de no haber conseguido su agenda secreta, la Academy mantuvo los programas regulares explícitos en su constitución. En el verano de 1962 la Academy co-organizó conjuntamente con grupos holandeses, alemanes y franceses en Amsterdam un Forum Internacional. De este encuentro nació la International Federation of Psychoanaltic Societies con el fin de promover contactos científicos y personales, y discusiones sobre la teoría y la práctica psicoanalítica entre los participantes de las instituciones miembro. Así, pues, lo que la American Academy no fue capaz de conseguir a nivel nacional se convirtió en una realidad a nivel mundial. Curiosamente, hoy que la IFPS se ha constituido en una verdadera alternativa a la API, la Academy ya no figura entre sus dieciocho miembros afiliados. La razón probablemente venga relacionada con su compromiso con el análisis médico que resulta incompatible con los principios de pluralismo en la teoría y práctica psicoanalítica y de interdisciplinaridad en su ejercicio sustentados por la IFPS. Me ha parecido conveniente extenderme en la exposición de la Academy y de la Federación Internacional dada la afinidad de sus principios con aquellos que entiendo dieron origen a la SEPTG a principios de los setenta. Molina personalmente fue miembro de la Academy y Peña Retama se subscribió a la Federación y participó activamente en los Forums Europeos organizados por ésta. Igualmente, se afilió como organización miembro a la International Association of Group Psychotherapy, una vez fundada ésta en 1973, Marina Prado de Molina sirvió en su Board of Directors sirvió y es a ella que se le encargó la organización local de la sede de Madrid del VIº Congreso Mundial de Psicoterapia de Grupo para 1975 y que por razones políticas se suspendió y se acabó celebrando al año siguiente en Filadelfia.

De siempre había yo creido que la iniciativa para aquella primera reunión de Zaragoza en 1970 de la que surgió la comisión promotora de la SEPTG, fue iniciativa de A. Gállego, quien tenía interés por contar con un respaldo a nivel nacional e internacional para el Centro Psicoanalítico de Madrid fundado en 1970, al escindirse de Peña Retama y quedarse fuera en consecuencia de la AEPA y de la FISP. En el curso de esta investigación me he venido a dar cuenta sin embargo que lo que tiene de verdad esta aseveración –que me ha sido confirmada personalmente por el propio Dr. Gallego en más de una ocasión– es tan sólo una verdad parcial. Que más bien se trata de una repetición de las mismas razones que le llevaron a Molina a fundar el grupo de Peña Retama diez años antes. Resulta obvio que cuando Molina funda el grupo en 1960, al poco de que la Sociedad Lusos-Española de Psicoanálisis haya sido aceptada por la API, es porque se sintió traicionado por Garma y por Portillo, maltratado por las asociaciones de la API donde se formó y estafado, robado y escarnecido por Steinbach, quien se convirtió para él en su bestia negra y depositaria de todas las maldades de la organización. Si leemos con detalle el artículo de 1966 donde explica la estructura y formación de dicho grupo, veremos que dicha decisión tiene un sólido fundamento teórico y lleva una lógica consecuente. Tras un par de páginas de carácter mas bien anecdótico y autobiográfico a las que ya hemos hecho referencia, revisa empezando por Freud la literatura psicoanalítica concerniente al conflicto entre sujeción a determinadas enseñanzas recibidas en el entrenamiento psicoanalítico y libertad de pensamiento característica de toda ciencia. No olvidemos que la primera escisión en el movimiento psicoanalítico se hace más bien en contra de las actitudes autocráticas Freud que no en seguimiento de la enseñanzas de Adler, y que la denominación adoptada por este grupo fue la de “Asociación para el Psicoanálisis Libre”. Molina citando a Waelder, Fromm y Balint, atribuye las “dictaduras científicas” que caracterizan a la API a la institucionalización del análisis didáctico, que se convierte en un rito de iniciación mediante el cual el candidato se identifica con el didacta, introyecta a él y a sus ideales y construye con ello un fuerte superyo profesional que puede influirle de por vida. “La ecuación que se establece entre didactas y candidatos es una en que se observa por parte de los primeros una tendencia a ocultar ciertos hechos, a contestar a las preguntas con declaraciones dogmáticas y al uso de técnicas autoritarias, por parte de los segundos, la aceptación de fábulas, la sumisión sin protesta a una forma de tratamiento dogmático y autoritario y un comportamiento exageradamente respetuoso. En resumen –dice– el intento consciente es que los candidatos puedan desarrollar un fuerte yo crítico, libre de identificaciones innecesarias y de adherencia a patrones fijos, pero, contrariamente a ello, los fallos en nuestro sistema formativo, conducen a estructurar una debilitación del yo y el robustecimiento de una clase especial de superyo.” A fin de alcanzar los objetivos que conscientemente se propone la API pero que la mayoría de los casos traiciona con el uso que hace del análisis didáctico, Molina diseñó un programa de formación sumamente rupturista para su grupo basado en la reflexión de su experiencia personal. Los candidatos empezaban el análisis con él al mismo tiempo que asistían a las clases teóricas del Instituto y actuaban como observadores de los tratamientos que se llevaban en el sanatorio. Al cabo de un año se marchaban al extranjero para seguir su análisis y formación, eligiendo el país, escuela y analista que quisieran. La única recomendación que les daba es de antes de decidirse por un analista que leyeran algo de lo que éste hubiera escrito. Al cabo de un tiempo, variable según factores personales o económicos, regresaban a Madrid y reanudaban su labor anterior. Durante este período, algunos seguían su análisis mientras otros aguardaban para seguirlo en el extranjero, pero todos participaban de manera activa en el Instituto y el Sanatorio, en una clínica médica y supervisaban con colegas más experimentados los tratamientos que llevaban en análisis. No voy a repetir aquí las características del grupo que cubren más de la mitad del artículo y que me transmiten la idea de que lo que Molina establece en Peña Retama es más una comunidad terapéutica y docente que no un instituto de formación. Lo interesante, sin embargo, es que por lo menos en los primeros años este grupo altamente endogámico y bastante promiscuo se mantiene cohesivo y con un alto nivel de moral, quizás contar con el enemigo fuera era una gran ayuda. Pero, la multiciplidad de escuelas a las que se adhieren sus miembros y las fidelidades de escuela diversas que desarrollan en sus análisis en el extranjero obstaculizan la aparición de un lenguaje que haga posible el diálogo entre orientaciones varias y técnicas diversas al que aspiran. Es mi impresión que al adoptar a nivel nacional el modelo de la American Academy y traer sangre e ideas nuevas de fuera, lo que se pretendía era evitar la escisiones que irremediablemente vendrían a medida que los miembros del grupo respondiendo a identificaciones foráneas maduraran bajo principios distintos a los que, como grupo, Molina les proponía. Tengo entendido que con los años los candidatos el primer análisis lo tenían en grupo y que incluso muchos de ellos se internaban en el sanatorio a temporadas para seguir su tratamiento. En el momento de la fundación de la Asociación, en 1966, todos los miembros de la directiva eran de Peña Retama. A medida que pasan los años y tienen lugar escisiones, se ve que éstos son substituidos por psicoterapeutas analíticos procedentes de Barcelona, pocos de los cuales hayan seguido una formación regular y un análisis personal. La fundación de la Asociación Española de Psicoterapia Analítica sirvió también de respaldo a otros analistas individuales, como Otaola y Grañen, que a fines de los sesenta precisaban incorporarse a la Federación Internacional de Sociedades Psicoanalíticas, la mencionada alternativa no ortodoxa a la API. La escisión, pues, de la que parte la SEPTG no es tanto de Peña Retama como de la AEPA que brotó de ella. La fidelidad a Molina y sus ideas fue el fiel que impidió a algunos y permitió a otros miembros de la Asociación interesados en grupo integrarse en la SEPTG.

Fuera un error pensar que la SEPTG nace exclusivamente por oposición al psicoanálisis ortodoxo o por escisión del grupo de psicoterapeutas analíticos que logró juntar Molina. Muchos otros son los factores que contribuyeron a ello y bastantes de ellos exclusivamente grupales. Para principios de los años setenta, que es cuando tiene lugar la convocatoria, están llegando ya a nuestros lares las consecuencias a que dio lugar la revolución grupo gestada que desencadenó el Mayo francés; la Ley de Educación y la creación de Nuevas Universidades autónomas ya en marcha; se lleva ya toda una década enseñando psicología en la Universidad, primero como Escuelas Profesionales para graduados, luego como especialidad de Filosofía y finalmente como Licenciatura con Facultad propia en Madrid; el desarrollo de las organizaciones psicoanalíticas en Península Ibérica ha llegado a su madurez, en vez de una son tres, la portuguesa se diferencia de la española, y ésta cambia de nombre y sienta su sede en Barcelona, luego la de Madrid se diferenciará de la española y tomará nombre propio; finalmente en 1970 se establece en Barcelona el Institut de Psicoanàlisi; las luchas psiquiátricas inspiradas por la aceptación de MIR en los psiquiátricos y la demolición de la misma institución psiquiátrica esta ahí; la experiencias de grupos no terapéuticas, maratones, grupos de crecimiento o sensibilización que estuvieron de moda en los sesenta empiezan a llegar; a partir del 68 Tosquelles es invitado por Vilella a sugerencia de Sarró para introducir la terapia institucional en el Pere Mata, con lo que empieza allí una intensa actividad grupal, con su invento del método de las cassettes y se inician los Symposiums anuales del Pere Mata cada año por Semana Santa. Por otra parte, el PANAP parece que había organizado ya algunos Symposiums sobre psicoterapia de grupo. Si a esto sumamos el deterioro de la dictadura franquista, la agitación universitaria y del clero y asociaciones católicas y de los sindicatos obreros, sabemos que el clima estaba listo para una asociación grupal.

En la SEPTG el “mito de los orígenes” está en una de esas zonas oscuras. Una de las razones esta en querer personalizar su paternidad. Como dice Pablo Población, uno de los padres de la criatura, comentado el relato que de aquella concepción hace, nos dice: “Ya sé que sobre esta posición mía, respecto a la gestación de la SEPTG hay muchos desacuerdos. Mi propia opinión es que inevitablemente la memoria de cada cual acerca el ascua a su sardina. Quizás un apoyo a mi posición ya que puedo tener falsos recuerdos como cualquiera, aparte de ponerme en contacto con Rocío Fernández Ballesteros –la pareja con quien concibió la idea en un coche en camino de Ciempozuelos a Madrid– el primer movimiento para hacer algún Symposium o congreso sobre grupos, más allá de las guerras de capillas fue aquí en Madrid, en Ciempozuelos,(Psicodrama. 2ª Ponencia del III Seminario sobre Psicoterapia de Grupo. PANAP. Octubre de 1971)” En una primera discusión del borrador del presente trabajo, que tuvo lugar en Salamanca en marzo de 1997, se puso en claro que quien sirvió de enlace para tender el puente de Gallego con Población fue Daniel Valiente que estaba en el grupo del primero y se formaba en psicodrama con el segundo. Gállego a su vez se puso en contacto con Martí-Tusquets que estaba ya en la AEPA y que fue quien movilizó a la gente de Barcelona y de Reus. Lo que no he podido aclarar es que si se trataba de la convocatoria de 1970 o de 1972. La primera fue seguida por el Segundo Seminario sobre Psicoterapia de Grupo que el PANAP organizó en Oviedo los días 27, 28 y 29 de noviembre de aquel mismo año, en el que presentaron sendas ponencias los equipos médicos del Hospital Psiquiátrico de Oviedo, del Instituto Frenopático de Barcelona y del Sagrado Corazón de Jesús de Ciempozuelos. Sería en este mismo hospital donde en octubre del 71 la PANAP organizó otro Seminario sobre grupos que al parecer es el que cita Población. Finalmente, el primer Symposium de la SEPTG que tuvo lugar en Madrid el 1 y 2 de junio de 1973 y fue patrocinado igualmente por el PANAP. Estos documentos facilitados por Pablo Población nos hacen pensar que el PANAP jugó un papel importante en el impulso fundacional de la SEPTG. Ésto nos demuestra la importancia y la gran ayuda que puede suponer cualquier documento o recolección que sirva para entender este interim.

Francisco del Amo y del Villar a menudo se ha referido con gracejo a la SEPTG con la metáfora perruna de una “mil leches”, es decir que de pedigrí nada, que en el fondo se trata de una hija de padre desconocido. Si no hay modo de averiguar quien es el padre de la SEPTG, quizás debemos contentarnos con saber quien es la madre, ya que de su “idea madre” es de lo único que podemos estar seguros. La “idea madre” está bien clara y desde siempre en el primer artículo de sus estatutos: es a partir del intercambio de puntos de vista y de experiencias entre profesionales o trabajadores y promotores de salud mental de distintas disciplina y con distintas orientaciones y métodos como mejor se puede cultivar dicho desarrollo. La memoria colectiva y “virtudes científicas” que tan bien nos iría desarrollar.

Hanne Campos, asociando a Machado va más lejos, añade a su verso una proyección de futuro y un respiro de esperanza: “Las historias escritas son las huellas de los grupos que dejan sus estelas en los grupos que van creando… recreándolo en la experiencia y, entre dolor y gozo, dejando nuevas huellas en la lucha por el futuro y la añoranza del pasado…” Hay otro grupoanalista, James E. Anthony, maestro en contar historias de grupo, que nos dice cosas bellas respecto a saber escucharlas. Así dice en la introducción a “The History of Group Psychotherapy”:

“La lección última que uno puede sacar de la historia es que para el desarrollo coherente y lógico de una disciplina uno debe constante y consistentemente recordar de dónde viene y a dónde va. El pasado es conglomerado, complejo, confabulatorio y conflictivo, pero… es responsabilidad de cada trabajador resolver dichas perplejidades y complejidades por si mismo y, al así hacer, descubrir su propia identidad profesional y último propósito.

Cada psicoterapeuta de grupo debe convertirse en su propio historiador y encontrar su camino con amplitud de miras y relativa imparcialidad suficiente para a través de los bajíos de ideas psicobiológicas –improbables, mitológicas, místicas y paralógicas– del presente y del pasado, hacerse sus propias preguntas y buscar sus propias respuestas dentro de la totalidad de lo que es conocido o imaginado. Él tiene que emprender esta tarea por si mismo ya que nadie la puede hacer por él.
“La mentalidad científica que se cría y nutre de la historia alcanza una tal ecuanimidad y objetividad que se convierte en característica del científico en todo lo haga. Bronowski, al describir la manera cómo los científicos se comunican, dice: ‘No hacen afirmaciones sin fundamento, no hacen trampas, no tratan de persuadir a cualquier coste, no recurren al prejuicio ni a la autoridad, son a menudo francos respecto a sus ignorancias, son bastante decentes en sus disputas, no confunden lo que están discutiendo con cuestiones de raza, política, sexo o edad, y con paciencia escuchan a jóvenes y a viejos que todo lo saben.’ Paciencia, esta virtud científica ideal, viene no tan sólo de escuchar a los pacientes sino también a la historia. ”

El adagio de James E. Anthony parece ir más bien dirigido al terapeuta singular que no a los grupos que éstos forman para cultivar su disciplina. Yo, personalmente, he procurado seguir su consejo desde la primera vez que tomé noticia del mismo. A este verdadero Jenofonte del Grupo Análisis, meterse a “escuchar historias” no le fue demasiado bien que digamos. Empezó a escuchar grupos de familia, siguió escuchando a sus grupos de colegas y terminó, al igual que Bion, teniendo que emigrar a EEUU ¿Qué hubiera sucedido si, en vez de escuchar en solitario, lo hubiera intentado con su Group Analytic Society? Esto es lo que intentamos hacer hoy aquí con todos los miembros habidos y por haber de la SEPTG. Se dice que el camello es un caballo que fue proyectado por un grupo. Es posible que así sea, pero eso no quiere decir que el caballo sea más bonito o más útil que un camello, si no que se lo pregunten al beduino que con él cruza el desierto.

Para resumir lo dicho me gustaría terminar con un gráfico y con un verso. El gráfico se me ocurrió para encuadrar la SEPTG, lo dibujé en la pizarra del Aula de Unamuno en Universidad de Salamanca donde mantuvimos la mesa redonda, pero desgraciadamente la iluminación era tan mala que no lo pude utilizar.

Notas.-

“Historia Comentada de la Sociedad Española de Psicoterapia y Técnicas de Grupo: Aproximación a un Análisis Institucional”. Coordinada por Manuel Conde Díaz, María Camacho Laraña y Félix Duarte Esquivel, 1984. “:Sociedad Española de Psicoterapia y Técnicas de Grupo. Publicadas en el presente volumen, p. 111.

Glover , E. “Psychoanalysis in England” en Psychoanalytic Pioneers , Alexander, F. et al. Basic Books, Inc. Londres, Nueva York 1966, p 535.

Ellenberger, Henri F. The discovery of the unconscious”, Basic Books, Nueva York 1970, pp. 63-67.

Espino, J.A. “La reforma de la legislación psiquiátrica de la Segunda República”, Estudios de historia social”, p. 75.

“La Medicina Integral o Eubiátrica” en Emilio Mira y López, Cinco Conferencias, edición privada de Montserrat Mira de 1996, p. 101.

Juan Campos, “Del Sueño de Irma al Sueño de Mira: ¿Sueños Profesionales?”, edición bilingüe catalán-castellano, Plexus Editores, 1991.

Poco después de que la Universidad de Barcelona publicara en 1993 la tesis doctoral sobre Mira de Luis Miguel Irihuela (“Doctor Emilio Mira y López: La Vida y la Obra –Psiquiatría, Psicología y Armonía Social”, Ed. Universitat de Barcelona, Homenatges), el Ayuntamiento le dedicó una plaza justo detrás de la tapia del Colegio Jesús y María, el hospital de sangre desde donde él partió para el exilio. Mientras escribía estas líneas fui a visitar la plaza. Mi sorpresa ha sido grande al encontrar que la placa de la calle había desaparecido, y enterarme que ésto había sucedido no una vez sino varias, hasta que por fin el Ayuntamiento se decidió a grabarla en el pedestal de marmol de una estatua de Dargallo que preside la plaza. Al no poder arrancarla, ahora es la estatua la que ha sido vejada, pintarrajeada con la cruz céltica neo-fascista. “A un psiquiatra desconocido” es la cabecera eligida por el periodista Jaime Arias para su reseña del 5 de Noviembre de 1993 en La Vanguardia en la que se informaba del acto de inauguración de la plaza. Por lo visto los recuerdos que engendra el odio son más duraderos que no las que inspiran el ejemplo, las lecciones y dedicación que demostró Mira. De todos modos ayer me pasé de nuevo por la plaza, la placa de la plaza Mira no ha sido todavía repuesta si bien los servicios de limpieza del Ayuntamiento adecentaron la estatua. ¡Por algo se empieza!

A su llegada a Buenos Aires insistirá en su Manual de Psicoterapia de 1941, en Fundamentos del Psicoanálisis de 1943 y en Doctrinas Psicoanalíticas de 1963. En el cursillo intensivo dictado en la Universidad de Cuyo, Mendoza, Argentina, dos conferencias van dedicadas al psicoanálisis (véase Emilio Mira y López, Cinco Conferencias, edición privada de Montserrat Mira de 1996).

François Tosquelles, “Une politique de la folie”, entrevista a Tosquelles por la Radio France 3 en septiembre de 1990, separata entregada por François Pain, Danielle Sivadon y Jean-Claude Polack.

Mira y López, Emilio, Manual de Psicoterapia, Aniceto López, ed., Buenos Aires, 1942.

Ibid. pp. 182-184

En el Glosario de su obra póstuma, Trigant Burrow las define como “un método psiquiátrico recientemente desarrollado en el que se trata los pacientes colectivamente que bajo la dirección de un psiquiatra discuten sus problemas, reacciones e ideologías y reciben consejo o ayuda de aquél con el propósito de reinterpretar y reajustar sus sentimientos y comportamiento ‘de una manera más normal’.” Véase, Science and Man’s Behavior. The contribution of philobiology and the Neurosis of Man, Philosophical Library, London: 1953, p.528.

Véase a este respecto mi Del sueño de Irma al sueño de Irma: ¿sueños profesionales?, Plexus Editores, Grup d’Anàlisi, Barcelona, 1991.

Recién llegado a Barcelona en 1963, di una conferencia en la Academia de Ciencias Médicas en la que hablaba de fundamententos para el tratamiento combinado o concomitante del psicoanálisis individual y de grupo. Basándome en el tipo de transferencia que propician estas situaciones, afirmaba que la analizablidad de un enfermo dependía basicamente de su “fortaleza yoica” y que en función de ella la psicoterapia de grupo parecía más adecuada que no la individual para aquellos que tenían fijada su neurosis en fases muy tempranas de la vida. Allí sugería que el tratamiento de enfermos paranoicos debía empezar con una psicoterapia de grupo. Me impresiona al encontrar ahora esta reseña sus resonancias con el pensamiento de Mira, sin entonces nunca haberlo leido.

Ibid.2 pp. 259-260.

Iruela, Luís Miguel Psiquiatría, Psicología y Armonía Social: La vida y la obra de Emilio Mira y López, Publicaciones de la Universidad de Barcelona, 1993, p.94.

Mira y López, Emilio (1938) “La higiene mental del combatiente”, Revista de Sanidad de Guerra II, pp. 138-142; (1939) “Psicología de la conducta revolucionaria”, Revista de la Universidad de La Habana; (1939) “Psychiatric experience in the Spanish Civil War”, British Medical Journal, pp.1217-1220; (1939) “Our experience in Barcelona”, Tavistock Clinic, Londes; (1943) Psychiatry in War, Norton & Co., New York.

Rodriguez Lafora dio en junio de 1923 en la Facultad de Medicina de Buenos Aires la primera conferencia de vulgarización del psicoanálisis bajo el titulo “La teoría y los métodos del psicoanálisis” y, poco después, en agosto del mismo año en la Facultad de Humanidades de La Plata en su “Ensayo psicológico sobre la inspiración poética” afirmaba: “Creemos que la verdadera actitud que impone la sinceridad científica moderna es la de ser psicoanalista, pero no freudiano” (citado por Gutiérrez Terrazas) y en “Apuntes para un estudio sobre la historia del psicoanálisis en España”, Rev. de la Asoc. Española de Neuropsiquiatría Vol. IV, Nº 10, 1994.) al que sigue una serie de artículos entre 1923 y 1936.

En “Histoire de la Psychanalyse dans les Païs Catalanes”, Actas del Coloquio, GAIRPS 1986, p. 19.

María Luísa Muñoz, “Angel Garma y la historia del movimiento psicoanalítico en España”, Papeles del Psicólogo, pp. 66-67

Angel Garma, (1936) “El psicoanálisis, la neurosis y la sociedad”, Monografía de Archivos de Neurobiología, con prólogo de Theodor Reik.

Ibid. que cita 16

Juan Campos, “Les psicoteràpias analítiques entre nosaltres”, Annals de Medicina Volum LXIV, No. 9, Noviembre del 1978, pp. 1387-1397; y “Psicoanálisis, psicoanalistas, y psicoterapias grupales” y “Coloquio”, en Psicología Dinámica Grupal, Fundamentos, Madrid, 1980, pp. 11-45 y pp. 185-256 respectivamente.

En 1986 el GAIRPS de Cataluña Norte (Groupe d’Analyse en Institution et de Recherches en Psychologie Sociale) organizó en Perpignan unas Jornadas sobre “Història de la Psicoanàlisi als Països Catalans”. Como anexo allí figuran dos historias previamente publicadas: la de Christian de la Champagne y un resumen de la de Manuel Pérez Sánchez.

Más paradójico me parece a mí el que, salvo raras excepciones, muchos de los aquí llegados se convirtieran en su viaje hacia el exilio del kleinismo al lacanismo a la vez que renegaban de la fe en la psicología social y en las terapias de grupo que en su país con tanto entusiasmo habían practicado.

De la Champagne insinúa que en este país no se leyó a Lacan hasta que Massota no lo hubo traducido del francés y que Lacan no vino a España en 1972, inivitado por Martí Tusquest para dar una conferencia en el Colegio de Médicos de Barcelona. La realidad es que Lacan personalmente estuvo ya en el Congreso de Barcelona de 1958 y que si aquí no se leía a Lacan no era por no haber sido aún sus obras traducidas al castellano ni por estar cerrados a ideas que vinieran del extranjero. De hecho los analistas catalanes se formaron en Ginebra y en París y fue gracias al apoyo que el grupo francés y suizo les brindaron como llegaron a ser aceptados por la API. Es más, para independizarse de dichos grupos en 1963 se convirtieron al kleinismo, sus didactas fueron a re-entrenarse a Londres y aprendieron inglés para poder leer a Mrs Klein, Bion y Meltzer en el original.

Garma, A., “El Psico Análisis de los Sueños”, Ediciones Nova, 1940. Curiosamente este libro lleva como apéndice un ensayo sobre “La vida es sueno”, donde el autor hace un jugoso análisis de su protagonista “Segismundo”.

A Garma lo conocí personalmente en el ’62 o ’63 cuando visitó el Postgraduate Center for Mental Health, lugar de mi formación, y por mi condición de español tuve el privilegio de hacerle los honores y mostrarle la cuidad. Del delicioso almuerzo que tuvimos en el Serpentine del Central Park, lo que más recuerdo es que me dijo que en sus psicoanálisis de grupo respetaba igualmente las cinco sesiones por semana.

Pérez Sánchez, Manuel, “Inicis del moviment psicoanalític a Barcelona”, en Histoire de la Psychanalyse dans les Païs Catalanes”, Actas del Coloquio, GAIRPS 1986, p. 108.

Christian Delacampagne, “La Psicoanàlisi a la Península Ibèrica”, idem. p. 101.

A todos y cada uno de estos miembros del primer grupo de psicoterapeutas catalanes de posguerra tuve el honor y el placer de conocerlos personalmente y de colaborar con ellos en determinados momentos. A Miret y Brackfield los conocí en Venezuela, a donde yo emigré en el 54 e hice mi residencia en Psiquiatría. Con Miret fue con quien hice el primer electroshock, una experiencia chocante. De Brackfield apenas sí me acuerdo. Era Adleriano y, seguramente, el más veterano de ellos. Quizás formara parte de aquella troupe de antes de la guerra que, como dice Tosquelles, hizo de Barcelona una pequeña Viena. Farrer Puyal llevaba grupos en el Servicio de Digestología del Hospital de San Pablo y no sé si hizo algo más que un autoanálisis, pero su sensibilidad por el inconsciente era bien fina. Junto con Otaola y Grañén formaron parte del grupo de terapeutas de grupo que yo constituí a mi vuelta de Estados Unidos donde seguí una doble formación en psicoanálisis individual y en psicoterapia analítica de grupo. A Bofill lo conocí en 1958, cuando acababan de constituir, junto con Folch y otros colegas, el Grupo de Estudios de la Asociación Internacional de Psicoanálisis que, eventualmente, llegaría a ser la Sociedad Española de Psicoanálisis, cuya sede está en Barcelona.

Comunicación personal del Dr. Pere Folch a Juan Campos alrededor de 1991 y confirmada el 18 de enero de 1997: el Instituto de Medicina Psicológica es un desarrollo del Centre d’Estudis Psicoanalític promovido por el Dr. Otaola a partir del año 1946-47. De éste formaban parte además el Dr. Grañen y el Dr. Farrer Puyal –otros de los pioneros en psicoterapia de grupo, el adleriano Dr. Oliver Brackfield y el Dr. Miret que emigrarían a Venezuela, y los Drs. Pere Bofill y Pere Folch Mateu, fundadores después de la Sociedad Luso-Española de Psicoanálisis.

El Boletín Informativo del Instituto de Medicina Psicológica publicó ininterrumpidamente 10 números al año, desde diciembre de 1959 hasta 1976. Hoy en día es una fuente inapreciable de datos respecto a la historia de las psicoterapias en España.

Carta personal del Dr. Grañen al Dr. Juan Campos, sin fecha, pero probablemente de 1982.

Comunicación personal a Juan Campos en 1982.

Se da la extraña circunstancia de que los Alcohólicos Anónimos en Barcelona nunca tuvieron el carácter de grupos autogestados de ayuda tradicional en America donde se originaron, sino que siempre fueron más bien grupos terapéuticos regidos por psiquiátras, tanto en el seno de las instituciones e incluso en práctica privada.

Martí-Tusquets, J. L. “Psicodrama en la Clínica Psiquiátrica de Barcelona”, Revista de Psiquiatría y Psicología Médica, Tomo IV, Nos. 7 y 8, 1960, pp. 596-599.

Martí-Tusquets, J.L. Resumen como Secretario de la Sección de Psicodrama, Revista de Psiquiatría y Psicología Médica, Tomo IV 1966, pp. 552.

Entrevista con Elisabeth Foulkes por J. Roberts en The Practice of Group Analysis, Tavistock/Routledge, Londres y Nueva York, 1991, pp.38.

Asociación de Salud Mental. Sesión del 1-4-63: “Fundamentos técnicos para el tratamiento combinado o concomitante del psicoanálisis individual y de grupo” por Juan Campos, Anals de Medicina Tomo VI, 1963 pp.135

El Prof. Sarró y los doctores J. L. Martí-Tusquets y C. Ruiz Ogara, únicos españoles presentes en dicho congreso, fueron elegidos miembros del Council.

Seminarios según el “método interaccional centrado en el tema” de Ruth C. Cohn conducidos por la propia autora en nuestro grupo de clase del Postgraduate. Véase Cohn G.R “Style and spirit of the method centered interactional method” en Sager, C.J y Kaplan, S: Progress in Group Psychotherapy and Family Therapy, Brunner/Mazel, Nueva York, 1972. pp 852-78.

Juan Campos (1963), “Tendencias actuales en psicoterapia de grupo”, Boletín Informativo del Instituto de Medicina Psicológica, No. 46, pp.16-24.

Foulkes, S.H. Psicoterapia Grupo-Analítica, Gedisa, Barcelona 1981, p. 290.

Gallo Mezo, Pablo “Apuntes para la semblanza de un maestro de la Psiquiatría”, Rev. Española de Psicoterapia Analítica, Numero Especial Homenaje al Dr. Molina, 1973, p. 204

Ambas Monografías reproducidas en la Revista Española de Psicoterapia Analítica, Vol.VII, 1976. Volumen único.

Margarita Steinbach seguramente hablaba español ya que parece había sido o fue institutriz de los hijos del Dr. Marañón. No parece fuera un caso como el de Ernest Jones, cuando en 1926 trajo a Melanie Klein a Londres para psicoanalizar a sus hijos y a su mujer.

Molina nunca menciona cuánto tiempo estuvo en Berlín, ni en qué consistió su formación. Es dudoso, sin embargo, que de incorporarse a la DPA lo hiciera algo más que como miembro asociado o como candidato. En favor de ello está el hecho de que cuando le retiran el título se lo cambiarán por el de “Ständiger Gast”, es decir Invitado Permanente.

La APA, con todas sus sociedades afiliadas, estaría solo dispuesta a considerar su afiliación a la API bajo tres condiciones: que la International Training Comissión, que ellos consideraban supérflua y que además interfería con los asuntos internos de las sociedades americanas, fuera abolida; que la “libre afiliación flotante” quedara suspendida para los analistas que emigraran a America; y que la API se reuniera para cuestiones científicas y se suspendieran sus funciones administrativas. (Jones, E. “The Life and Work of Sigmund Freud”, Basic Books Inc. Nueva York 1957, Vol.3, p.100). Para debatir esta cuestión se formaron dos Comités, el Europeo, que se reunió en presencia de Freud en su casa el 4 de Diciembre de 1938, donde una vez más él dejó bien sentados sus conocidos puntos de vista sobre análisis laico, y el Julio 20 de 1939, donde debido a su estado de salud poco pudo participar.

Millet, A.P. “Psychoanalysis in the United States” en Psychoanalytic Pioneers , Alexander, F. et al. Basic Books, Inc. Londres, Nueva York 1966, p. 535.

Pérez Sánchez, Manuel, “Inicis del moviment psicoanalític a Barcelona” (versión completa) en Revista Catalana de Psicoanàlisi, publicació de l’Institut de Psicoanàlisi de Barcelona, Volum 1, No.1, primavera 1984, pp. 23-33.

Molina Nuñez, A. “Estructura y Formación del Grupo de Psicoterapia Analítica” en Psicoterapia Analítica: Monografía Conmemorativa de la fundación de la Asociación Española de Psicoterapia Analítica. Editado por Instituto Clínica “Peña Retama”, Madrid, 1966, 127 páginas.

A. James Anthony (1971): “The History of Group Psychotherapy” en Comprehensive Group Psychotherapy, “Kaplan, Harold, H.I. & Sadock, B.J., eds., Baltimore: Williams and Wilkins Co. p.4 1971.

James E. Anthony fue discípulo y coautor con S. H. Foulkes de Group Psychotherapy. The Psycho-Analytic Approach, de 1957, que lleva por motto la frase “Pacientes y alumnos unidos en una lucha común para la solución de problemas mentales y emocionales” En su primera edición de la Penguin, la traducida por Paidos como en 1964 como ” Psicoterapia Psicoanalítica de Grupo ” y única conocida por los lectoires de habla castellana, el capítulo introductorio que habla de história corre a cargo de Anthony. En ediciones posteriores este capítulo fue eliminado por Foulkes y substituido por una breves notas bien pobres a la vez que prejuiciadas. Idem de idem le sucedió con el libro de Kaplan y Sadock del que proceden estas citas.

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